Amanda

Aceptar lo que es.

En 2016, Amanda reveló que tiene TOC desde los 19 años. Y una ansiedad que sólo puede manejar con antidepresivos. “Sí, tomo Lexapro, y no lo voy a dejar nunca. Lo tomo desde que tenía 19, ahora en la dosis más baja. Pero no veo por qué habría de dejarlo. Aunque funcione como placebo, igual no quiero correr el riesgo. ¿Por qué tendría que resistirme? ¿Por el estigma de tener que recurrir a una herramienta? Un trastorno mental es algo que suele ponerse en una categoría aparte de las otras enfermedades, pero honestamente no creo que lo sea. Tiene que tomarse tan en serio como cualquier otro trastorno. No, no es un tumor; no, no es un quiste, pero ahí está. ¿Por qué hay que explicarlo? Si se puede tratar, se trata, y listo. Yo sufro de trastornos de ansiedad derivados de TOC. Al principio creía que tenía algo en el cerebro, pero me hicieron múltiples estudios, y al final el neurólogo me derivó a un psiquiatra. Con la edad, mis pensamientos compulsivos y mis miedos tienden a disminuir. Me ayuda muchísimo saber que no tienen asidero en la realidad”, dijo en la entrevista, y en un paso rompió el cristal de Hollywood y el mito de la rubia pueril, aún en contra de la advertencia de su representante, que quería protegerla del estigma.
“La palabra estigma deriva del término latino que se usaba para nombrar la marca que se le hacía a los criminales y a los esclavos para distinguirlos del resto. De alguna forma, el estigma de la salud mental también señala a las personas, aunque evoluciona en el tiempo. Desde el punto de vista clínico, el estigma es un problema porque retrasa los diagnósticos y los tratamientos, lo cual puede acentuar los trastornos”, dice el artículo The evolving understanding of stigma, que publica Harvard Health Publishing. “Si el estigma es psicológico, entonces tal vez los pacientes tengan que hacer algún tipo de terapia para aumentar su autoestima. Si es más un tema social, entonces debe combatirse con campañas de concientización que incidan en la opinión de la gente. Puesto que es tan común, tal vez haya que hacer ambas cosas si queremos que los desórdenes psiquiátricos sean considerados enfermedades en lugar de fracasos personales.”

Soy lo que soy
Nació en Pensilvania en 1985. Familia normal, con una hermana que es su mejor amiga y padres que todavía están juntos. Aunque se hizo conocida por su personaje en Mamma Mia!, trabaja de actriz desde adolescente y ahora, a los 35, es seria candidata al próximo Oscar a mejor actriz de reparto por su papel en Mank, la película de David Fincher que cuenta la historia del guionista de Citizen Kane. Los críticos le reconocen el mérito de tener una carrera vasta y variada, con una constante: a Amanda le gustan los personajes inocentes. Lo cual no se condice con su personalidad, que es impulsiva y apasionada, conflictuada, como la define su hermana. Y nada proclive a dar explicaciones sobre sus elecciones.
Minge en inglés quiere decir vagina. Es un término un poco vulgar, que en Inglaterra puede chocar pero en Estados Unidos no porque no se usa. Amanda Seyfried lleva la palabra tatuada en el pie, y además es su usuario de IG: @mingey. Cuando en un programa de TV le preguntaron por el tatuaje, Amanda contestó que se lo hizo con sus compañeras de elenco de Mamma Mia! y que no tenía por qué explicarlo, aunque para ella minge quiere decir mucho más que vagina.

El mundanal ruido
Vive en los Catskills, la región montañosa que queda al norte de la ciudad de Nueva York donde está Woodstock, el pueblo que se hizo famoso por aquel festival de música de 1969, el de los hippies, Hendrix y Janis Joplin. Tiene dos hijos y muchos animales, que aparecen en sus posteos de Instagram, y un marido, Thomas Sadoski. “Empecé a seguirlo en Instagram y un día él posteó algo que me pareció muy gracioso. Era una foto de un caracol y él puso abajo: Fucking MOOOOOOOOVE. Me provocó una carcajada, y le mandé un mensaje”, contó en una entrevista que le hizo Vogue. “Conservo mi propia identidad, dentro y fuera de nuestra relación. Porque también está buenísimo sentirse bien estando solo”, dice.
Amanda ama vivir ahí porque le gusta el espacio y porque quiere que sus hijos crezcan en un lugar normal, que vayan a colegios reales. En una entrevista para The New York Times, contó que la paz de los Catskills la ayuda a poner las cosas en perspectiva. “Es alucinante lo realizada que puedo llegar a sentirme acá, y exitosa, aún cuando no esté actuando en la película más taquillera. Vivir acá me ayuda a encontrar el equilibrio entre el trabajo y la vida. Le da consistencia a mi necesidad de bajarme del juego, de entrar en contacto con la naturaleza para tomar un poco de aire. Todos necesitamos un centro de gravedad, ese lugar donde nos sentimos seguros.”
La misma nota de Vogue remarca el mérito de Seyfried, una mujer que sabe preservar su espacio en el mundo de la imagen y el canje. “Por ejemplo, la idea de lanzar su propio perfume le parece grasa. Y aunque tiene un voz hermosa, y hasta escribe canciones, no tiene el menor interés en lanzar un disco. Toma clases de canto, pero para ella misma no para su carrera.” “Me divierte más trabajar en una comedia que en un drama, pero realmente la tragedia es muy catártica. No sé qué dice esto de mí, pero encuentro fascinante la idea de ponerme a llorar histéricamente delante de un grupo de personas. No me gusta llorar en lo de mi analista, no me gusta llorar delante de mi madre, pero amo llorar para la cámara.”
Amanda y su marido forman parte del consejo directivo de INARA, una ONG que asiste a niños víctimas de guerras. “El trabajo de INARA tiene un impacto que trasciende lo imaginable. A cada chico que atienden le dan la oportunidad de un futuro mejor, y es por esto que decidimos sumarnos a la causa. Los efectos de la guerra van mucho más allá de los titulares de los diarios. Y los más perjudicados son los chicos. No queremos olvidarnos de ellos. Como madre que soy, nada me parece más digno de apoyo que esta causa”, dice el comunicado firmado por la pareja.

Por dentro y por fuera
Además de contar que toma mucha agua, Amanda compartió sus secretos de belleza con la revista Vogue:

  • Toma jugo verde todas las mañanas. “Ponés espinaca o kale en la licuadora con medio limón, apio, semillas de cáñamo, semillas de chia, cúrcuma, canela -que es muy importante para la digestión- y una manzana, pera, mango, o banana o frutos rojos.”
  • Se lava el pelo una vez por semana. “En general, uso shampoo seco y no me lo tiño. Ahora que estoy más grande está cambiando un poco su color, pero siempre fui rubia. Me acuerdo que, en la secundaria, odiaba mi pelo… porque sí. A veces dormía con ruleros y a veces me pasaba la planchita a la mañana. ¡Qué estupidez! Ahora dejo que se seque solo. Cuando me lo lavo de verdad, uso shampoo y acondicionador en las puntas.”
  • Le huye al sol. Y, cuando está al sol, usa protección religiosamente. Cuida su piel todo lo que puede y hace ejercicio todos los días. “O corro o salgo a caminar. El ejercicio hace a mi salud mental. Aunque le presto mucha atención a lo que como, no sigo una dieta en particular. Como orgánico, mucho pescado, cero carne roja, y me esfuerzo en limitar el consumo de azúcar, lo que de verdad me cuesta porque me encantan las tortas”, dijo a Bazaar.
  • Aprendió a manejar su ansiedad. “El budismo me ayuda mucho. Es una herramienta muy útil para controlar mi ansiedad en esos momentos en los que me ataca, antes de una escena por ejemplo, y para ponerme en sintonía con el momento presente.”

“Detesto los lugares ruidosos o llenos de gente. Las multitudes me perturban y los aeropuertos son probablemente los lugares que encuentro más estresantes. Me cuesta mucho el tema de que todos caminen apurados en distintas direcciones: me pone muy ansiosa. Por eso me gusta vivir en el campo. Hay un almacén pequeño cerca de casa y ahí vamos cuando queremos ir de compras, además del mercado. Pero también tengo mi propia huerta donde crecen mis lechugas y mis tomates”, dice Amanda.
“Tengo que hacer un esfuerzo constante para no dejarme atrapar por mi zona de confort, que es quedarme en la casa en el campo, sin salir ni ver gente, retraída en mi nido. Por suerte, tengo un trabajo que me demanda socializar, porque si no corro el riesgo de convertirme otra vez en la niña miedosa que fui. Siempre está esa posibilidad regresiva, por eso tengo que seguir trabajando en mí.”

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