Carta anónima a mi “mejor” amiga*

“De repente pienso que debería haber sido más cuidadosa a la hora de elegir a mis amigas, pero a los doce la amistad es un poco arbitraria, ¿no? En cualquier caso, la que me eligió fuiste vos. Eras tan linda, vivaz y encantadora que yo, pobre tonta, me sentía honrada de que me llamaras amiga.
Fuimos inseparables durante seis años, la típica parejita teen que se sonrojaba con los chistes de los chicos, que se burlaba de las chicas que no formaban parte de nuestro círculo, y nos reíamos, nos reíamos, nos reíamos.
Ante mi sorpresa, el macho alfa de la clase se fijó en mí en lugar de fijarse en vos. Salimos varios años antes de casarnos: ¿sentiste celos? Honestamente, a mí no se me ocurría que eso podía pasar. Pensaba que eras inmune a su belleza, su carisma y su sentido del humor tan inteligente. Inclusive me acuerdo que solías hacer comentarios sobre su arrogancia y la manera en que se destacaba en las reuniones sociales. Yo estaba segura que te caía mal.
Aún hoy, después de tantos años, todavía no entiendo qué fue lo que te llevó a tener un affaire con él. ¿Un odio latente hacia mí? Es probable. ¿Celos porque mi esposo era más interesante, atractivo y amoroso que el tuyo? Es posible. ¿O habrá sido tal vez un maléfico deseo de saber si acaso él era inmune a tus encantos? Pues no, no lo era.
¿Por qué tuviste que esperar a que tuviéramos dos hermosos hijos para empezar con las miraditas? Aquella semana que se fueron juntos para decidir qué iban a hacer fue la peor semana de mi vida, asombrosa, dolorosa y humillante. Darme cuenta de que había sido traicionada por las dos personas que más amaba, que los recuerdos de nuestros días escolares se habían contaminado para siempre y que mi vida ya no sería la misma, me mantuvo desvelada todas las noches y rota todos los días. Logré mantener cierta compostura por mis hijos, hasta que ustedes volvieron y anunciaron que no iban a salir más.
Después, por suerte, desapareciste de mi vida. Todavía no sé qué fue lo que pasó esa semana que te devolvió a tu marido. Pero el mío jamás se recuperó, ni mi matrimonio, aunque estuvimos juntos un tiempo más.
El otro día te encontré en internet y sentí ganas de contactarte. Quiero contarte que, a pesar de todo lo que pasó -o tal vez justamente por todo lo que pasó-, tengo una vida feliz. Encontré un trabajo muy interesante y mis dos hijos, que vos tuviste tan poco en cuenta en su momento, también son exitosos y felices. Tengo tres nietos que amo. Mi queridísimo segundo marido ha sido un compañero maravilloso. Me siento muy afortunada.
¿Te acordás cuánto te gustaba citar pensamientos de otros? ¿Todavía lo hacés? Shakespeare, poesías, algo de latín, un versículo de la Biblia: te hacía parecer muy inteligente pero un poco presumida, ¿no creés? Bueno, justo me topé con una cita de Oscar Wilde que me hizo acordar a vos en el acto. Dijo Oscar: Perdoná siempre a tus enemigos; no hay nada que los enfurezca más.

(*) Esta carta se publicó en el diario The Guardian el 5 de octubre de 2013.

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