Disparadores emocionales

¡Fuera de la trampa!

“Alguien te dice algo y de repente sentís una puntada en el estómago. Alguien hace algo y, antes de que te des cuenta, enfurecés. Alguien te aborda de una manera determinada, y te quebrás. A veces basta con escuchar nombrar un lugar o una persona -que en nosotros está asociada a algo todavía no resuelto- para desbordar de pena, miedo, odio. Son los gatillos, o disparadores emocionales, que desencadenan automáticamente un mecanismo estímulo-respuesta imparable”, dice David Richo en su libro Triggers.
Un disparador es cualquier factor externo que activa en nosotros una reacción emocional sobre la que no tenemos demasiado control, y que a menudo nos deja después con un sentimiento de culpa acaso más horrible todavía. Porque, a menos que tengamos algo de trabajo hecho, respondemos a estos botones como marionetas a los hilos que las gobiernan.
Y se complica todavía un poco más. Estas reacciones intempestivas suelen estar vinculadas a heridas del pasado -más o menos traumáticas, más o menos recientes- que no elaboramos (ni conocemos siquiera a veces), lo que explica ese extrañamiento de nosotros mismos que queda cuando nos ganan.
Freud inventó el concepto de “compulsión a la repetición” para nombrar la manera en la que el inconsciente actúa aquello que reprimimos: lo repite. Y lo repite. Y lo repite. Es entonces cuando nos escuchamos diciendo lo mismo, o sintiendo lo mismo, o reaccionando igual, o eligiendo (¿eligiendo?) siempre el mismo tipo de vínculo que nos trata de la misma forma, y todo para agenciarnos aquel dolor que conocemos tanto. Porque hay que sentirlo para legitimarlo para curarlo.
Pero hay una buena noticia: nos pasa a todos.

Recordar, repetir, elaborar
Pongamos un ejemplo frecuente. Una niña crece en un hogar con sus padres, y una hermana. Su padre prefiere a su hermana, y nuestra niña crece sintiéndose no elegida. Como la niña no reconoce esta herida a tiempo (tampoco podría hacerlo sola), sepultará ese rechazo. Y lo actuará en todas sus relaciones: de amistad, laborales, de pareja. Y se sentirá rechazada aún cuando no la estén rechazando, porque lo que tiene que hacer es activarlo. No tener registro de nuestras heridas y de las reacciones que éstas desencadenan es una de las causas más comunes de los problemas vinculares.
TheG entrevistó a Claudia Luchetti, decodificadora, para profundizar en el tema.

¿Todas las personas tenemos una herida inicial?
Todas las personas tienen una herida inicial, también llamada trauma o herida de la infancia. Una herida muestra en el exterior lo que está sucediendo en el interior. Así es cómo, a través de sus manifestaciones, el sujeto se conectará durante su vida con las personas que necesite hasta alcanzar la aceptación de lo que le sucede y pueda encauzar su sanación a través de la expresión. 

Además de lo que se produce en el parto, ¿qué otras situaciones propias de la infancia pueden condicionar nuestra vida adulta?
Las causas de la herida pueden ser múltiples, pero la más corriente es la que se despliega en la sociedad paternalista cuando el niño “no es considerado como tal”. En épocas menos evolucionadas, los niños eran tratados como adultos que tenían que adecuarse a los requerimientos de quienes los educaban. Un niño “no considerado” es un niño al que no le fue permitido expresarse en la totalidad de sus emociones y a quien no se le dio la atención requerida ni la contención. Ese niño tuvo que responder como un adulto obediente a las formas impuestas; el efecto es un niño abusado, inhibido, reprimido, sometido a la obediencia y al control.

¿Cómo opera un trauma?
Nos hacen repetir una y otra vez el mismo esquema de conducta, hasta que terminemos por mostrar la evidencia del dolor guardado y acumulado en el tiempo y podamos sanarlo. Para poder acceder a la superación primero tenemos que descubrir dónde está ese viejo dolor que nos aqueja y que nos hace repetir esquemas emocionales. Es necesario saber qué sucede en nuestro interior para saber qué es lo que tenemos que dejar marchar. En lugar de ocultar el dolor, se puede liberarlo totalmente aprendiendo a comunicar nuestras emociones: abrirnos a la experiencia emocional sin juicios ni sentencias. Se trata de sanar para mejorar la calidad de vida. De permitirnos vivir bien en el presente dejando de estar sujetos a viejas circunstancias. 

¿Cómo funciona un disparador emocional?
Los disparadores emocionales reviven circunstancias padecidas en la infancia. Las heridas mas comunes son:

  • La omnipotencia
  • La idealización de los padres
  • El menosprecio
  • El abandono
  • El rechazo
  • El abuso
  • La inseguridad
  • La soledad

¿Los disparadores emocionales son siempre externos a nosotros o los podemos generar con nuestra propia mente?
Los disparadores emocionales son externos. Son factores exógenos que hacen sangrar la herida para que la podamos reconocer. 

¿Cómo es que una emoción se puede volver una amenaza ingobernable?
Mientras exista una herida dentro del sujeto, ésta tendrá el poder de desplegar su ansiedad y su inseguridad de forma súbita y contundente. Una provocación recibida del exterior permite manifestar esa emoción que fue reprimida en el pasado. Es entonces que se puede liberar el bloqueo manifestando lo que es necesario manifestar: odio, ira, celos, envidia… Generalmente se trata de esas emociones “que no está bien sentir” y que quedan atrapadas en la garganta o en cualquier parte del cuerpo generando síntomas.

¿Existe alguna manera de interrumpir el mecanismo disparador y su respuesta?
Liberar los sentimientos, expresarlos y manifestarlos en su flujo natural, eso es sanar. Tenemos que aprender a amar todo lo que hay en nosotros, sin juicio ni condena. Sólo de esa manera podremos emanciparnos y volvernos los verdaderos autores de nuestras vidas. Las emociones no se pueden educar, son energía que debe manifestarse y luego aprender a gestionarse. Para poder hacerlo, primero tenemos que observarnos y reconocer nuestra reacción ante los estímulos. En un segundo momento podremos expresarlas, hablando bien de lo que esta mal, pero ya nunca más suprimirlas.

¿Qué papel juega la auto-compasión en todo esto?
Es fundamental poder aceptarnos como personas imperfectas. Tenemos que conocer nuestra verdadera alquimia emocional, y no enjuiciarla ni menospreciarla si no entender que allí radica toda nuestra pulsión erótica, como movimiento y vínculo de expresión de la creatividad de la vida.

¿Cuál es el poder real que yo tengo sobre mis reacciones? 
Todo el poder. Las puedo reconocer y, de esa manera, gestionarlas. Soy yo quien tengo que gobernarlas, y no ellas a mí. Esto se llama inteligencia emocional. A través de mi capacidad de leer e interpretar mis emociones y las dolencias que padezco puedo empezar a despegarme de ciertos condicionamientos. Por ejemplo: no sufrí una exclusión por lo que yo era, sino por motivos ajenos a mí. Se trata de empezar a entender que algunas cosas que nos pasaron no fueron directamente personales.

Cuenta nueva
“De una herida, lo que importa es la cicatriz”, dijo el psicoanalista francés Jacques Lacan. Porque el pasado es pasado y no puede revivirse. Y porque la vida es así.
Pero sanar no es fácil. Romper un patrón significa abandonar una zona conocida, animarse a que el resultado puede ser otro, distinto, lo que puede disparar una ansiedad intolerable.
“Las personas no se portan mal porque desconocen las opciones. Lo hacen porque cayeron en patrones de los que les resulta muy difícil. salir. El comportamiento humano fluye de cascadas escondidas y responde mejor a una insistencia artesanal que a una reprimenda. La manera de sacar a alguien del camino equivocado no es un email furioso de ataque o advertencia. Es mil veces preferible señalarle las ventajas de hacerlo de otra forma. Numerosos estudios confirman que la mejor manera de abordar una conducta negativa es oblicuamente, redireccionando la atención hacia el cambio”, escribió David Brooks en una nota titulada How People Change que publica The New York Times.
“De nada sirve intentar convencer a alguien mostrándole el resultado de sus acciones, con la ilusión de que el cambio mental repercuta en un cambio de conducta. Es al revés. Lo que conviene hacer es intentar cambiar algo superficial con la esperanza de que actuando diferente se empiece a pensar de otra forma. Tentar a las personas con el éxito en lugar de retarlas o castigarlas, porque los premios son siempre mucho más encantadores.”
“Apalear el error no es una buena estrategia. Es mejor apuntar al contexto. Cambiar los disparadores. Ir destronando lo que no conduce a nada con lo que puede conducirnos a algo. Ser oblicuos. Redireccionar.”

@claudialuchetti

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