Ego-land

Trabajar el ego para curar el alma.

“Nuestro ego, o la idea que tenemos de nosotros mismos, bien podría representarse con la imagen de un lindo globo que pierde, y está siempre necesitando de los otros para que le pongan aire de amor porque es muy vulnerable a los pequeños pinchecitos de la indiferencia”, dice el filósofo suizo Alain de Botton. “Es alucinante hasta qué punto nos puede hacer bien la atención de los otros y mal su rechazo. Si hasta puede parecernos que todo tiene sentido porque alguien se acordó de nuestro nombre o nos manda unas flores. O al revés: nos desesperamos cuando un compañero del colegio no nos reconoce o cuando nos dejan afuera de una cena”.

En esta nota vamos a tomar al ego por lo que creemos que es y desmenuzarlo hasta llegar a descubrir lo que de verdad contiene. Cómo y cuándo se construye la imagen que tenemos de lo que somos. Porque, para resumirlo mucho, algunos tuvieron una infancia que les dejó la sensación de que está ok con lo que son, pero otros sienten que tienen que estar permanentemente demostrando algo.

Es un escudo protector

“Durante la infancia, el ego está en estado ego-céntrico. O, para decirlo de otra forma, el mundo gira en torno a uno. Todo lo que te sucede es por vos. Las heridas de la infancia son especialmente traumáticas en este período ego-céntrico, porque no es hasta la adolescencia que uno puede desarrollar el pensamiento abstracto, la capacidad de ver más allá de la propia perspectiva”, dice la psicóloga Nicole LePera en su página, The Holistic Psychologist.

El punto es que ya no somos niños. Supongamos que un comentario reprobatorio de nuestro/a jefe/a dispara en nosotros una reacción que se siente como calor en el plexo, el pulso se acelera, los oídos zumban y no podemos escuchar lo que nos están diciendo. Stop. Si fuéramos chicos, lloraríamos. Ahora recurrimos al ego como un escudo protector y lo llevamos a todos lados, siempre listos para responder con otro ataque. “El ego es una identidad muy rígida. Se compone de una serie de ideas, creencias y patrones que la mayoría de las personas lee como personalidad. El ego es muy celoso de esta identidad. Cualquier cosa fuera de estos pensamientos adoptados será fuertemente rechazado”, continúa Nicole.

Aunque puede volverse demasiado pesado a veces

Lo que puede estar pasando es que la historia que nos contamos a nosotros mismos tal vez está mal contada, o ya nos queda chica y entonces toma la forma de un artificio muy reactivo. Se hace evidente cuando algo que lastima dispara en nosotros un mecanismo desproporcionado, que nos deja exhaustos.

“Una opinión encontrada a menudo provoca enojo porque el ego pierde el control cuando se siente amenazado”, sigue Natalie. “Y la verdad es que una opinión encontrada es una oportunidad para crecer.”

Se trata de identificar el disparador y tomar medidas inmediatas para elevar la frecuencia. En vez de bloquearnos, paralizarnos de miedo o darnos manija con que la otra persona no nos quiere, apelar a nuestro adulto amoroso. Cuanto más rápido pueda uno reemplazar un patrón por el otro, mejor, porque lo más fácil es hundirse otra vez en la herida conocida.

Un ejercicio

Para aquellos que no se sienten confiados, o están siempre a la defensiva, o viven comparándose con otros (y perdiendo), The Holistic Psychologist propone un ejercicio para trabajar el ego. Se trata de cambiar la respuesta al disparador.

Por ejemplo, en una reunión familiar tu hermana te dice “se te ve cansada”. Vos respondés con sarcasmo: Claro que estoy cansada, trabajo 60 horas por semana y soy mamá. Sería genial tener tiempo libre. Pero no te preocupes, la próxima vez que te vea voy a venir lookeada como si saliera de una revista.

Tu hermana dijo: <Te ves cansada>

Tu ego escuchó: <Ella siempre tan condescendiente. Toda la vida me tuvo celos y ahora se cree una bomba.>

El ego es el mejor cuentista del mundo. Arma una historia de la nada para protegerte, pero al final siempre está sosteniendo esa vieja herida. Para la próxima vez que sientas que vas a explotar por algo que alguien te dice, este ejercicio puede ayudarte.

Ejemplo:

  • Sentí enojo cuando mi pareja dejó los platos en la pileta sin lavar.
  • El hecho de que él no lave los platos para mí se traduce en que creo que no me considera.

A esta altura del ejercicio, entendemos que el hecho objetivo es que hay platos sucios en la pileta. Pero esto disparó furia porque se monta sobre una sensación de desvalorización anterior. El ego sintió desvalorización y le dolió, y como no pudo procesar esa emoción la proyectó en otro. El ego siempre va a preferir descargarse con otros antes que reconocer el dolor que siente.”

Entonces, la próxima vez:

Valoro que mi ego me haya querido proteger de la desvalorización.
No está mal querer sentirse valorado.
Ya no tengo que relacionar todo lo que me pasa con la desvalorización.
Yo soy valioso.
Y así cada vez: el sentimiento que se dispara, lo que me gustaría sentir y la nueva línea de llegada.

Dame una señal

Pero el ego no es malo: es una manera de negociar con el mundo. En su mejor versión, es la forma de seguir adelante con la vida sin que nuestros miedos e inseguridades tomen la forma de la piedra permanente en el camino. Y, además, nos va marcando esos puntos que hay que trabajar. No para suprimirlos, sino para darnos la oportunidad de conocernos mejor.

Abrazar el ego es hacerle un lugar a las propias necesidades, y aceptarse a uno mismo es la clave para aceptar a los otros. Salir de víctima. Animarse a sanar.

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