El lóbulo frontal

El CEO del cerebro.

“Estás almorzando y una mosca ronda tu plato. La manera que respondés depende del color del insecto y de su movimiento. Si es amarillo y negro, podés deducir que es una abeja y decidirás moverte. Por el contrario, si sólo considerás su vuelo, te alcanzará con espantarla con la mano. Uno percibe el color y el movimiento al mismo tiempo, y decide sobre ambas variables. Esta es una función que el cerebro realiza en un instante. Pero no sabemos cómo”, dice el comunicado de la Universidad de Stanford que anunció los resultados de un descubrimiento crucial sobre el proceso de la toma de decisiones.
En 2013, un equipo de ingenieros y neurocientíficos liderados por William Newsome descubrió que la toma de decisiones no sucede en canales neuronales discriminados, que evalúan una u otra circunstancia (como en el ejemplo de la mosca), sino en un lugar específico de la corteza prefrontal del cerebro donde todas las neuronas participan activamente a la vez.
“Básicamente, el cerebro convierte la información obtenida a través de los sentidos en un conjunto de votos a favor de una u otra opción. Los votos se acumulan hasta alcanzar un umbral en el que el cerebro considera que la recolección de evidencia es suficiente para tomar una decisión”, explica Mariano Sigman en La vida secreta de la mente.

No es cuestión de tamaño
El lóbulo frontal es la parte del cerebro que está detrás de la frente y por encima de las cejas. Es uno de los seis lóbulos del cerebro, el que se identifica con las funciones ejecutivas, la resolución de problemas y la capacidad de actuar acorde a estrategias más o menos complejas. Ocupa aproximadamente un tercio de toda la corteza cerebral.
Aunque los primates también tienen lóbulo frontal, es algo más chico de tamaño. Y, sin embargo, no es esto lo que determina la racionalidad porque, aunque Darwin decía que los hombres eran monos con el cerebro más grande, está comprobado que lo que nos hace humanos radica en las neuronas y en sus conexiones.
“La diferencia entre tener un lóbulo frontal como el de los seres humanos adultos y sanos y no tenerlo es la diferencia que hay entre ser un organismo guiado básicamente por los impulsos y las emociones u otro que, a pesar de estar motivado fundamentalmente por estados emocionales generados por el sistema límbico, es capaz de posponer estos impulsos para seguir planes elaborados y optar a conseguir objetivos abstractos o situado en un punto muy lejano en el tiempo”, dice la página web psicologiaymente.com.

Las funciones de la corteza prefrontal
TheG habló con el Licenciado Marcos Apud, psicólogo, psicoterapeuta y Magister en Psicoterapia Cognitiva por la Universidad de Santiago de Chile (USACH). Marcos hizo su formación en neurociencias aplicadas en la universidad Torcuato di Tella y es el creador del modelo Psicología de Innovación, un enfoque holístico que integra herramientas de Neuroprogramación, Neurociencia Aplicada, PNL y otras tendencias en optimización biológica y psicológicas, como el Biohacking.

¿Cuál es la diferencia entre lóbulo frontal y corteza prefrontal? ¿Designan cosas distintas?
La corteza prefrontal (también llamada córtex prefrontal) es la parte anterior de los lóbulos frontales del cerebro, que constituye aproximadamente un 30% de nuestra corteza, y se ubica delante de las áreas motora y pre-motora. La corteza es ese enorme manto superior que recubre el cerebro y que alcanzó un desarrollo superlativo en los humanos (más que en cualquier otro primate), y que nos diferencia del resto de los animales porque, entre otras cosas, nos permite tener capacidad de razonamiento y la habilidad de usar nuestro conocimiento y la experiencia pasada para modular nuestro comportamiento.

¿Cuáles son concretamente las funciones del lóbulo frontal en el comportamiento?
El lóbulo frontal funciona como una sofisticada “torre de control”: inhibe conductas, las regula, controla distintos procesos cerebrales y nos permite planificar y tomar decisiones coordinando múltiples elementos de nuestro pensamiento y del mundo. También nos permite monitorear y controlar nuestras acciones y dirigir nuestra voluntad. A través de los estudios de Fuster y Goldman-Rakic se consolidó la expresión “funciones ejecutivas” para describir la actividad que desarrolla la corteza prefrontal. Yo también suelo denominarla nuestro “supervisor”, porque cumple la función de observar, como una suerte de ojo externo, nuestros estados motivacionales, afectivos y nuestras conductas, situándonos siempre en contexto. Nos ubica continuamente, de manera automática, en el mundo, la cultura y las relaciones con los demás.

¿Qué es el Área de Broca?
El Área de Broca es una sección del cerebro humano íntimamente ligada con la producción del lenguaje. Está ubicada en la tercera circunvolución frontal del hemisferio izquierdo. Se llama así por Paul Pierre Broca, un médico francés que la describió en 1864, tras varios estudios post-mortem de pacientes afásicos que presentaban un grave daño en esa región. Esa lesión, llamada “afasia de Broca o expresiva”, impide la producción o la creación fluida de oraciones: la persona usa un lenguaje limitado, con pocas palabras, como no puede evocar los nombres de las cosas usa repeticiones o muletillas para compensar el déficit en el lenguaje.

¿Por qué se dice que las personas con lesiones en el lóbulo frontal actúan sin inhibiciones?
Justamente, entre las funciones ejecutivas y de control, se encuentra la capacidad de modular e inhibir nuestros impulsos y comportamientos inadecuados al contexto. Una lesión en esta área crítica del cerebro nos puede llevar a tener grandes dificultades para gobernar nuestros actos, establecer distinciones entre pensamientos conflictivos, realizar juicios acerca del bien y del mal, predecir las consecuencias de nuestros actos, y trabajar conforme a metas determinadas de antemano. Por eso muchos consideramos que es la parte de nuestro cerebro que nos civiliza y nos permite ajustarnos a las reglas sociales compartidas.

¿Se puede optimizar de alguna manera la función del lóbulo frontal? ¿O una persona no tiene ningún control sobre lo que pasa en su cerebro?
El lóbulo frontal, como nuestro cerebro en general, se puede optimizar de múltiples formas. La práctica del Biohacking, que es el uso de la ciencia y de la tecnología para potenciar al máximo nuestra biología y mentalidad, es una excelente herramienta para llevar a este órgano maravilloso a niveles elevados de performance, y así mejorar nuestro rendimiento tanto físico como cognitivo. Somos una unidad: todos nuestros hábitos de vida, desde cómo nos alimentamos, si hacemos o no actividad física, nuestra exposición a la luz solar que genera la producción de mitocondrias (fuente celular de energía y defensas), la calidad del sueño y la forma en que nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos, va a influir en la salud de nuestro cerebro y nos va a permitir tener más control para dirigirlo a propósito y no ser dirigidos por él (al menos en aquellos aspectos que dependen de nuestra regulación consciente).

El papel de las emociones
El lóbulo frontal no opera de manera independiente. El neurólogo portugués Antonio Damasio pasó a la historia por comprobar la importancia de las emociones en la neurociencia. En su libro El error de Descartes, contradice el principio ortodoxo que advierte que las mejores decisiones son aquellas que se toman con la cabeza fría, el mito de que para obtener los mejores resultados las emociones deben dejarse de lado. Nada de eso. En su investigación, Damasio demuestra que los sentimientos son acontecimientos mentales que ayudan a la resolución de problemas con creatividad y juicio.
“Fue un paciente llamado Elliot quien le dio la idea a Damasio. Elliot fue siempre un esposo ejemplar, padre, hombre de negocios. Pero empezó a tener fuertes dolores de cabeza y a desatender sus responsabilidades. Pronto le descubrieron un tumor del tamaño de una naranja empujando su lóbulo frontal y se lo quitaron, junto con algo de tejido cerebral”, cuenta la nota Decisions and Desire publicada en Harvard Health Review.
El paciente evolucionó en su recuperación, pero su familia y sus amigos notaban que “Elliot ya no era Elliot”. Hablaba y pensaba bien, pero ya no podía tomar decisiones. Se perdía en los preliminares. Aunque las tomografías mostraban un daño aislado en el área frontal de su cerebro, todos los tests de coeficiente intelectual y lenguaje le daban bien. Hasta que le hicieron otras pruebas para evaluar sus respuestas emocionales, mostrándole fotos de personas heridas o sucesos dramáticos, y entonces encontraron el problema: Elliot no sentía nada.
“Sin las emociones para orientarlos en la dirección que les importa, los pacientes se quedan girando en falso, incapaces de actuar sobre lo que saben. No pueden decidir, aparentemente, lo que es mejor para ellos. Se podría decir que carecen de su sano juicio”, concluye el artículo.

@marcosapud_ok

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