Escucharnos

Elogio de la duda.

“Por lo general, asumimos que la inteligencia es la habilidad de pensar y aprender, pero en un mundo que cambia rápidamente como el actual, las habilidades para repensar y desaprender empiezan a valorarse más”, escribe el psicólogo organizacional Adam Grant en su libro Piénsalo otra vez (Planeta). 

“Imaginate que acabás de terminar una prueba de opción múltiple y empezás a tener dudas de una de tus respuestas. Todavía hay algo de tiempo, ¿qué hacés?: ¿te quedás con tu instinto o cambiás de opción? 3/4 de los alumnos creen que volver sobre sus respuestas puede afectar sus resultados. Kaplan, la empresa de preparación de pruebas, advierte sobre el riesgo de cambiar las respuestas: para ellos, la experiencia demuestra que muchas veces la segunda opción es la equivocada. Yo, con todo respeto, prefiero el rigor de la evidencia: un trío de psicólogos revisó 33 pruebas y comprobó que, en todas ellas, los cambios iban del error a la respuesta correcta. Este fenómeno se llama la falacia del primer instinto.”

“Las personas nos resistimos a repensar. Parte del problema es la pereza cognitiva. Algunos psicólogos apuntan que somos mentalmente mezquinos: a menudo preferimos quedarnos fijados a una vieja idea que enfrentarnos a nuevas. Pero también hay otras fuerzas que operan a favor de esta resistencia. Cuestionarnos lo vuelve todo más incierto. Nos fuerza a reconocer que tal vez las cosas cambiaron, que lo que estaba bien en un momento ahora puede estar mal. Volver a pensar algo en lo que creemos a rajatabla puede hacer tambalear nuestra identidad, y nos hace sentir extraños de nosotros mismos”, escribe Grant. 

Dudo, luego existo

El filósofo francés René Descartes popularizó en el siglo XVII el método de la duda metódica. Descartes creía que el camino para alcanzar la verdad es dudar de todos nuestros conocimientos. El filósofo argentino Darío Gabriel Sztajnszrajber lo explica mejor: “Nos convencemos de una idea o de un argumento cuando la procesamos, cuando la exprimimos y la damos vuelta y, aun así, resiste, soporta. Descartes nos dice que busquemos permanentemente tirar abajo cualquier idea que se nos presenta como verdadera. Los libros que leemos, las afirmaciones de los colegas, las ideas de la familia, todo lo que se me presenta como una verdad tiene que ser puesto en duda.”

Sin embargo, vivimos en un mundo que celebra las certezas, que rechaza de antemano la opinión de los otros, que nos impulsa a no dudar, a aspirar a la grandeza de las propias convicciones, a mostrarnos más interesantes que interesados. En una palabra, a disimular nuestra vulnerabilidad y -con ello- la posibilidad de conectarnos.

Para dudar, primero hay que abrirse a la noción de “otro” (otra persona, otra idea, otro yo). Escuchar sin emoción, sin involucrarnos con lo que oímos, sin interferir con nuestro juicio. “Estás tratando de ver el mundo con los ojos del otro, y de entender sus emociones. Eso no va a pasar si, por abajo, estás juzgando a la otra persona a medida que habla. Al contrario, va a embarrar el diálogo, porque vas a estar mandando señales no verbales de que disentís. Si entrás en una discusión con el objetivo de entender la perspectiva del otro, libre de todo juicio, el otro va a abrirse porque sentirá que sos capaz de respetar sus argumentos”, dice la nota Be a Better Listener, que publica The New York Times

Una conversación

Gwyneth Paltrow entrevistó a Adam Grant. Aquí, algunos extractos de esa conversación:

¿Cuál es la tesis de tu libro, Piénsalo otra vez?
La gente en general cree que, si son buenos pensando, también van a ser buenos repensando. Y eso no es verdad. De hecho, cuando más inteligente sos, peor sos a la hora de reconsiderar una idea, porque podés usar tu inteligencia para manipular la realidad a tu antojo. Creo que esto es importante.

Yo veo que mis hijos adolescentes están abiertos, tienen mentes ágiles, no les importa tanto tener la razón. ¿Cuales son esos datos que vamos juntando en la vida los adultos para convencernos de que estamos en lo cierto? ¿Qué nos pasa: confundimos lo que pensamos con lo que somos?
Sí, creo que muchos de nosotros confundimos nuestras ideas con nuestras identidades. Y es comprensible, es una forma de mantener un cierto nivel de autoestima, una manera de mantener cierto orden, porque si tenemos que repensar cada una de nuestras ideas sobre cada cosa medio terminamos viviendo en un caos. Y es una manera de entrar en un círculo social. Creo que cualquiera prefiere una confortable convicción a una duda incómoda. Es más fácil. Por eso me rodeo con personas que piensan como yo, no con las que desafían mi manera de pensar. Pero esto es una trampa, porque terminamos en una burbuja sólo para confirmar nuestras ideas, no evolucionamos, no aprendemos. 

¿Qué hay en el fondo de eso? ¿Qué es lo que nos duele tanto de reconocer que estamos errados?
Para la psicología de la auto-afirmación, una opinión contraria se siente como una piña en la mente. Y el impulso es protegerse. Una manera de prevenirlo es establecer una opinión propia, en vez de defenderme de aquella otra idea. Entrar en una conversación con una idea tomada sólo polariza los extremos: yo estoy en lo cierto, vos estás errado. Entonces no queda otra mecánica posible que atacar o defenderse. Para desarticular esto, es interesante recurrir a las preguntas por qué y cómo. Preguntarle a alguien por qué eso que cree funciona mejor -en lugar de preguntarle por qué piensa como piensa- es una vía a la apertura mental de mi interlocutor. Porque en el esfuerzo de explicarme la legislación ideal para la cobertura de salud, por ejemplo, va a encontrarse con la complejidad del problema y reconocer los agujeros que hay en todo razonamiento. 

Si podés cultivar la idea de que está bien ser vulnerable, es muy interesante cómo fluye el intercambio entre dos personas. ¿Cómo se cultiva el balance entre ser vulnerable y tener una voz propia?
Creo que uno de los mejores medidas es convertirnos en aquella persona que queremos que el otro sea. Gandhi diría “be the change”. Todos podemos trabajar esa confianza humilde que nos permite decir: “no sé” o “puedo estar equivocado”. Esto es lo contrario a la debilidad, es una señal  de que sos una persona segura. Cuando los lideres hacen una autocrítica pública, las personas se sienten más confiadas y más protegidas. No es una paradoja: lo que están haciendo en ese caso es probar que podés hacer algo con tus errores.

En tu libro hablás del Síndrome del Impostor, y lo defendés de hecho. ¿Por qué?
Un estudio encontró que tener dudas de lo que sos o hacés y cuestionar tus habilidades cada tanto no tiene un costo, y hasta puede ser beneficioso. Si definimos el Síndrome del Impostor como un nivel de confianza inferior a las capacidades de una persona, es tal vez en esa grieta que uno encuentra la motivación para trabajar más fuerte. Creer que no tenés todas las respuestas te mantiene humilde, y curioso, te estimula a aprender de las personas que tenés alrededor en lugar de colocarte en un pedestal de experiencia.

Lala Bruzoni, founder de TheGelatina, es fanática de Adam Grant y de la propuesta de Piénsalo otra vez. Dice que en su oda a una mente más flexible encontró el camino  a relaciones más fluidas y amigables, a procesos más maleables y creativos.

“Nuestra manera de pensar puede volverse un hábito pesado, y a menudo no la ponemos en cuestión hasta que ya es demasiado tarde. Confiás en los frenos de tu auto que hace rato chirrían hasta que un día dejan de funcionar en plena autopista. Creés que tu inversión va a seguir subiendo aunque los analistas financieros advierten sobre una burbuja. Asumís que tu matrimonio va muy bien aunque tu pareja esté distante hace tiempo. Estás convencido de que tu puesto laboral está asegurado aunque a muchos de tus compañeros los despidieron. Este libro es sobre el valor de volver a pensar. Es sobre la capacidad de adoptar la flexibilidad mental”, escribe Grant, y da estos consejos:

  • Pensá como un científico. Cuando empezás a formarte una opinión, resistí la tentación de opinar o bajar línea.
  • Definí tu identidad en términos de valores, no de opiniones. Es más fácil no quedar preso de antiguas ideas que ya no te definen. 
  • Buscá información que vaya en contra de lo que pensás y que desafíe tus asunciones. 
  • No confundas confianza con competencia. Cuanto más confiado te sientas en algo, mayor es el riesgo a dejar de aprender. 
  • Aprovechá los beneficios de la duda. Saber lo que no querés es el primer paso para ganar experiencia.
  • Alegráte de equivocarte. Un error no es otra cosa que un hallazgo. 
  • Aprendé algo de cada persona que te encuentres. Todos saben más que vos de algo. 
  • Armáte una red que te desafíe, no sólo de soporte. Es tan importante tener seguidores como críticos. 
  • No huyas de la controversia. Los desacuerdos no tienen por qué ser desagradables. El conflicto puede ayudarte a reconsiderar una idea. 
  • Practicá el arte de escuchar. Una manera de hacerlo es preguntar más que opinar. 
  • Preguntá como en vez de por qué. Una persona que explica sus motivos a menudo encuentra límites a su razonamiento. 
  • Defendé tu libertad de opinar.
  • Conversá sobre la conversación. Si el intercambio se calienta, tratá de redireccionarlo hacia la mecánica. 
  • Complejizá los temas. En lugar de polarizar el blanco o negro, buscá los matices.
  • Expandí tu rango emocional. No hay por qué erradicar la frustración o el enojo para tener una conversación productiva.
  • Creá un marco de seguridad psicológica. En culturas que valoran el aprendizaje, las personas se sienten cómodas preguntando y dudando. 
  • Tirá por la borda los planes a largo plazo. Lo que te interesaba el año pasado tal vez ahora ya no. Y viceversa. 
  • Hacéte tiempo para pensar. Una agenda llena de actividades no deja espacio para dudar.

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