La pelea

Qué es el aikido verbal.

“El aikido es un arte marcial japonés que usa el principio de la no resistencia para neutralizar a un oponente. Traducido al español, el término quiere decir vía de la unificación de la energía vital. El aikido no propone maniobras agresivas o defensivas sino que usa la misma energía del oponente para redireccionar el ataque y salir ileso. La filosofía se basa en la resolución pacífica: se necesita solo una persona consciente para parar una pelea”, dice la nota How ‘Verbal Aikido’ Can Help You Avoid Stupid Arguments publicada en Medium.
“Las peleas verbales son como dos personas que se empujan. Una empuja y la otra empuja de vuelta. Entonces la primera que agredió ahora empuja más fuerte. No se obtiene nada, y los dos se sienten mal. El aikido verbal usa los mismos principios de la disciplina marcial para desactivar la pelea. Imaginemos que mi esposa y yo estamos discutiendo. Ella me dice: qué idea estúpida, no va a funcionar. Si yo le respondo estás equivocada, lo único que hago es devolverle el golpe, creando más fricción. Si le digo que tiene razón, aunque no lo pienso, no estoy siendo honesto y me voy a resentir.”
Nos peleamos con otros por múltiples motivos que a veces ni siquiera tienen nada que ver con lo que estamos discutiendo. Independientemente de si lo que está por atrás es un ejercicio de poder, una energía reprimida o un resentimiento antiguo, la pelea verbal persigue el mismo objetivo que una cuerpo a cuerpo: calzarnos los guantes (mentales) y aniquilar al oponente.
“Durante siglos se creyó que la capacidad exclusivamente humana de razonar sirve para que las personas trasciendan la percepción en busca de la verdad. Sin embargo, algunos investigadores actuales sugieren que el razonamiento evolucionó con otro fin: ganar una pelea. Dan Sperber, miembro del instituto de investigación Jean-Nicod de París, sostiene que el razonamiento no necesariamente nos ayuda a llegar a mejores conclusiones. El razonamiento es un fenómeno social que evolucionó para ayudarnos a convencer a otros y a defendernos de otros que quieren convencernos. Si no siguió la misma línea evolutiva de la cola prensil de los animales, por ejemplo, es porque las personas se aferran a la evidencia que sostiene su punto de vista y descartan el resto, lo que se denomina sesgo de confirmación. Esto puede llevarlas a sostener obstinadamente una idea aún en contra de sobrada evidencia. Las distorsiones del razonamiento son el resultado de la manera en la que el cerebro procesa la memoria: las personas son más proclives a recordar cosas que les son familiares, como sus propias ideas, que las ajenas”, dice la nota People argue just to win, publicada en The New York Times.

Pensar con otros
Si nos definimos por nuestras relaciones con los demás, disentir puede ser una manera de pensar con otros, de llegar a acuerdos que nos fuercen a salir un poco de nosotros. Pero pensar con otros no es eliminar la diferencia, no habría por qué, porque una diferencia no contiene en sí misma la génesis de una discusión. Para nada. ¿Cuántas veces nos pasó, con una misma persona, que zanjamos una diferencia enorme un día y al día siguiente nos trenzamos por una pavada?
Que una pelea termine en una escalada de violencia depende de los oponentes: “Es verdad que para una pelea hacen falta dos, pero no es menos verdad que para no pelearse también hacen falta dos”, dicen Carlos Quiroga, Marina Esborraz y Luciano Lutereau en una nota titulada Psicoanálisis de la agresión, que publica la revista Polvo. “Hay agresiones sutiles. Tal vez sean mejores que las directas o las explosivas, pero no dejan de producir malestar e incomodidad en el otro. El uso permanente de la ironía y el sarcasmo, el malhumor constante, el señalamiento habitual de una falta o defecto, incluso hacerse esperar (hay personas que siempre se hacen esperar). La característica habitual de estos casos, cuando aparece una queja al respecto, es la típica respuesta “Yo soy así”, como afirmación narcisista donde queda asentada su posición inconmovible”, dicen Quiroga, Esborraz y Lutereau.

Colgar los guantes
El aikido verbal es una estrategia para colgar los guantes de la mente. ¿Cómo funciona, por ejemplo, en la discusión que planteamos al principio, la de una esposa que le dice a un esposo que su idea es estúpida?

Ceder. Puedo desactivar la situación tomando nota de su punto de vista y reformulándolo para que ella reconozca lo que acaba de decir. Sin contestarle nada agresivo o defensivo, podría decirle ok, vos creés que es una idea estúpida. Ayudarla a apropiarse de su opinión, cuando se la presenta como un hecho, es el primer paso para redireccionar el ataque verbal.

Preguntar. Asumiendo que ella responde sí, creo que es una pésima idea, yo le puedo contestar: ok, ayudáme a entender por qué creés que es una pésima idea. Quiero invitarla a compartir conmigo no sólo lo que piensa sino por qué piensa así. Me muestro curioso por entender su perspectiva.

Compartir. Después, yo le explico por qué pienso como pienso. Yo creo que es una buena idea porque… Esto balancea la conversación y abre el debate a lo que está por detrás de nuestras opiniones. Las peleas se resuelven dialogando.

Resolver. A medida que conversamos más y más, si ella me ofrece ideas convincentes, yo puedo cambiar de idea. Si todavía no estoy de acuerdo, puedo decirle busquemos una solución que funcione para los dos. Podemos comprometernos y salir del trance juntos, o podemos decidir que no nos pondremos de acuerdo, pero al menos ahora entendemos por qué el otro piensa como piensa y eso ya es un mejor resultado que la pulseada”, propone la nota de Medium.

Decir y escuchar
También da algunos consejos para la parte de decir:
Hablar con humildad: cualquiera sea el motivo subyacente, las palabras son el delivery de la agresión. Una opinión que se presenta acabada, como un hecho, es casi seguro que provocará que la otra persona se ponga a la defensiva.
Pongamos algunos ejemplos:
Estás equivocado.
Es una boludez.
No están pensando con claridad.
No debiste hacer eso.
Siempre lo mismo con vos.

Y ahora contrastémoslos con estos:
No entiendo.
No estoy de acuerdo.
Me enoja.
No me gusta.
Prefiero otra cosa.
Tengo una objeción.

Las expresiones formuladas en primera persona denotan que me apropio de lo que estoy diciendo, lo cual es un elemento esencial de humildad. Porque las opiniones siempre son subjetivas y cuando las expresamos en primera persona pueden hasta ser constructivas, porque sientan las bases para el diálogo. Hablar en segunda persona (vos) o en tercera (él/ella) cierra el diálogo y activa las defensas. Hablar con humildad tiene el poder de enfriar una conversación que estaba empezando a subir de tono”, dice la nota de Medium.

Y para la parte de escuchar:
Prestá atención: a todos alguna vez nos tocó conversar con alguien que está ocupado o distraído y que, cuando se lo decimos, nos contesta: dále, seguí, te estoy escuchando. Se siente como una enorme falta de respeto y puede descarrilar cualquier diálogo en segundos. Prestá atención y mirá a la persona que te habla.

No interrumpas: si solés pisar a la otra persona cuando habla, controlálo. Es una buena señal de que estás escuchando. Traduce que estás interesado en entender el punto.

Hacéte presente: si te quedás rígido como una estatua nadie va a saber si estás prestando atención. Asentir o hacer alguna señal de que estás siguiendo el razonamiento va a incentivar a la otra persona a seguir hablando. La atención muda puede generar la duda de si estás ahí o en cualquier otro lado.

Mostráte curioso: preguntar denota interés y hace que la otra persona se sienta valorada. Si algo no tiene sentido para vos, o empezás a sentirte molesto, preguntáte ¿qué me estoy perdiendo?, ¿hay algo de lo que quisiera saber un poco más?

Usá la escucha reflexiva: resumí lo que crees que escuchaste y decíselo a la otra persona para ver si entendiste bien. Me queda claro que esto es importante para vos, ¿es correcto? Si no era correcto, probá otra vez. No quiere decir que estés accediendo, sino que captaste lo que piensa la otra persona.”

La pelea es con uno mismo
Disentir, y hasta discutir, no es malo o bueno per se. Hay quienes sostienen que una relación que pelea está viva. Hay quienes dicen que no importa la cantidad de discusiones sino la forma. Y hay quienes no se pelean nunca y tienen vínculos hermosos y vitales. En cualquier caso, cuando nos ponemos a discutir con alguien hay una buena parte de la pelea que pasa adentro de nosotros: ¿se lo digo o no se lo digo?, ¿hasta donde tengo que callarme en el buen nombre del vínculo?, ¿tiene sentido este cruce si igual no nos vamos a poner de acuerdo?…
Para frenar la contienda mental la estrategia del aikido verbal puede ser útil. Pero hay muchas otras, y la mayoría pone el foco en aquello de que el que se enoja pierde. ¿Qué preferís, tener razón o ser libre?, se pregunta Katie Byron en El trabajo, el libro donde propone su propio método para ser feliz, que se basa en relacionarnos con la realidad tal como es, despojándonos de las ideas que nosotros imponemos sobre ella. Frente a algo que nos enoja, propone Byron, se trata de desarticular cada una de las afirmaciones que nos encienden para lograr distanciamiento y calma: ese es el trabajo.

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