Editorial Nº48 – “Mousse de menta y cicatrices”

Mi columna dominical pretende ser realidad (o no) y ficción (o no) semana tras semana. Una mezcla de temperaturas. Es la forma que encuentro para mostrarles que lo importante es lo que pasa entre foto y foto.

Buscaré aquí un guiño que vaya bocetando el propio sistema de creencias de una persona normal, que intenta un balance para que la vida tenga sentido todo el tiempo. Salud!

FRÍO Y CALOR

Mousse de menta. 
Lo cocinaba frente a los azulejos que mandó a pintar a mano con un dibujo de canasto de frutillas. 
Su creme brulée.  
Sus cinco platos a la hora del té cuando llegábamos del colegio, servidos con ración de manteca y dulce, y frascos y frascos de tostadas de pan francés al horno ya hechas.

Tortas de cumpleaños con los animales de la selva. Volados de papel crepe. Confites. Mil confites. Sacaba unas tortas de la galera decoradas con pochoclos dulces o palitos de chocolate habanitos Terrabusi que no se podían creer. 
Vivía a mil pero siempre estaba la torta con un carnaval de granas.

Colitas tirannnntes. Moños. Moños. Moños. 
No sé, se la ha pasado en mercerías la vieja, todos los colores, terminaciones, largos, grosores. Qué buen lugar las mercerías.

Cuchetas de hierro blanco para mis hermanas y para mi. De algarrobo marrón para mis hermanos varones. Nada mejor que dormir entre hermanos. La seguridad. La sangre.
Pasillos de escaleras con portarretratos que ella hacía con mil fotos familiares. A los bordes les pegaba broderie. O más cintas de mercería.

Plantaba jazmines blancos donde podía. La época de jazmines en casa era una fiesta. 
Cumplo años cuando florecen las azaleas. 
Resulta que todas mis fotos de cumpleaños hasta los 17 creo, son con la carretilla de azaleas fucsias o con el cantero de azaleas blancas. Todas. 
Todas.

Mamá una vez le permitió a mi viejo que nos trajera teros de regalo en una caja para que vivieran en nuestro jardín. 
Insoportables los teros en casa. 

Me ha puesto vestidos de punto smock hasta los trece. Volados hasta los catorce. No me ha dejado usar el color negro porque decía que todo a su debido tiempo y que sino me aburriría luego del color negro. Que era un color para grandes. Yo la odiaba cuando me decía eso. Mis hermanas y yo, somos 3, tenemos los mismos trajes de baño y los mismos vestidos y los mismos buzos y los mismos monos en todas las fotos. Soy de esta generación. Soy hija de ese estilo de mamás. Sonrisas.

Domingos de misa sí o sí. 
Para mi, mamá siempre cantaba más fuerte que todas las mamás y me daba un poco de vergüenza pero a ella le gustaba cantar así. 
Yo hoy amo las canciones de misa. Me pueden escuchar tararearlas varias veces al día. No por la religión o fanatismo.
Tienen un qué sé yo que me encuentran.
Que me dan paz. Tengo varias playlists en Spotify que son mi templo.
Juan es judío y se sabe varias de memoria ya.

Mamá es abogada pero dejó de ejercer como quince años para criarnos a los 5. 
Sigo preguntándome si fue bueno o malo. 
Para ella. 
Para nosotros. 
Para su matrimonio. 
Qué bárbaro que no hay método eh. Todas vamos agarrándonos la cola como un gato aquí.
Viviendo. Respirando. Acelerando y pausando. 
Y viviéndolo otra vez. 
Ella vive veloz. Ayer cumplió 69.

Yo le pongo negro a mis hijas. 
Usan bikini y punto smock usan pero poco. 

No planté azaleas aún pero las amo.

Me desesperan los jazmines. Pero es que me llevan a otro plano de la vida eh. Es ser feliz con el olfato.

Soy una gran armadora de familia.
No puedo si no es en familia. Es lo mejor que tengo en esta vida. Estar en casa es lo mejor que me puede pasar. entre nosotros. De ambiente en ambiente.

Celebrar es lo que más feliz me hace. Con o sin papel crepe. Si hay papel crepe mejor.

Encargo muy bien las tortas, se muy bien sorprender a cada uno con lo que les gusta. 
He hecho muchas también eh, las saco bien de la galera, pero encuentro mucho placer en que sean perfectas. 
Mis hijos y los hijos de Juan se llevan un legado acerca de los festejos de cumpleaños. Y de los que vendrán.
Ellos lo saben.

Nunca dejé de trabajar cuando tuve a mis hijos, y siempre me plantee qué sería mejor. Y no siempre tuve la respuesta.
Así vivimos, entendiendo y sintiendo el equilibrio. 

Pero si aprendí sobre  la velocidad de mi madre. 
Su velocidad me ha traído calma a la orilla. 
La calma al alma, también.

No voy a misa todos los domingos, pero el placer que siento en la Iglesia o en el templo es supremo.

Me sale muy bien el pollo al horno,
El ragú de carne, la torta de dieciocho cucharadas, el pesto, el pastel de pollo que me enseñó mi cuñada.

Y les dejo hoy en The Gelatina la receta del mousse de menta de mamá
o una parecida, porque mamá andaba medio corriendo cuando se la pedí, 
manejando por California visitando a mi hermano más grande. 
Así es la vieja. 

Feliz vida a todas las que están, y han estado, y nos han dejado mousses y cicatrices.
Vamos por las mousses.
Salud!

L.-

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