Se terminó

Por Gwyneth Paltrow*

(*) Lo que sigue es una traducción al español del ensayo que Paltrow escribió el 6 de agosto de 2020 durante sus vacaciones de verano para Vogue UK.

“Era mi cumpleaños número 38. Mi ex marido y yo estábamos pasando unos días en la Toscana, en una hermosa casa sobre una colina junto a un bosque. Se acercaba el otoño, las hojas empezaban a cambiar de color. Por dentro, la casa tenía todo lo que uno podía soñar para un viaje de cumpleaños: un living cálido con una chimenea, la mesa de la cocina rebosante de duraznos, tomates, albahaca, huevos. No me acuerdo el momento exacto, pero sí me acuerdo que me di cuenta -a pesar de las largas caminatas, de las noches largas, de las copas de Barolo y de las manos dadas- que mi matrimonio estaba terminado.
Lo que me acuerdo bien es que fue involuntario, como el sonido de una campanada que ya no puede dejar de escucharse. O un globo de helio que soltás y sube al cielo. Intenté sofocar la idea, taparla, reprimirla. Traté de convencerme de que había sido apenas una ocurrencia, que un matrimonio es complicado, que va y viene. Pero lo sabía, lo sentía en los huesos.
Los primeros años logré hacerme la sorda. Pero aquel fin de semana el dique ya estaba lo suficientemente roto para no escuchar el ruido del agua. Un ruido que cada vez se fue haciendo más fuerte.
Mi ex y yo siempre fuimos amigos. Nos hacían gracia las mismas cosas, nos reíamos juntos. Nos gustaba la misma clase de música: acordes bellos, creatividad, armonía. Peter Gabriel, Chopin, Sigur Rós. Amábamos cruzar a Osteria Basilico a comernos una pizza, especialmente en esas noches de verano inglesas cuando el sol no termina de ponerse. Nos encantaba escaparnos a New Forest o a la playa. Pero, más que nada en el mundo, amábamos a nuestros hijos. Éramos muy unidos, sí, pero no formábamos una pareja. Era como que no encajábamos. Siempre había cierta tensión de fondo. ¡Pero cuánto amábamos a nuestros hijos!
Entre aquel día en el que supe que lo nuestro estaba terminado hasta el día que finalmente nos rendimos a la verdad, lo intentamos todo. No queríamos fracasar. No queríamos decepcionar a nadie. Nos desesperaba la idea de lastimar a nuestros hijos. No queríamos perder la familia. Las dudas, tanto filosóficas como técnicas, eran insondables: ¿quién duerme dónde esta noche?, ¿cómo se lo decimos a los chicos? Me metamorfoseaba en lo que podía para no responderlas. Pero igual llegó el momento de aceptar que no, que no estábamos ante una bifurcación, que lo que pasaba era que habíamos llegado al final del camino. Casi sin darnos cuenta, habíamos tomados distintas direcciones y ya no volveríamos a encontrarnos.
En aquellos días oscuros, trataba de imaginarme cómo iba a seguir mi vida. No lograba entender cómo iba a hacer para desenredarme del hombre con quien había fusionado mi ADN. Me parecía imposible esa extirpación. Además, no había tenido muchos divorcios cerca, y aquellos de los que sí tuve conocimiento habían sido amargos, interminables. Me resistía con todas mis fuerzas a pasar por eso.
Fue entonces cuando empecé a preguntarme, por ridículo que suene, si existiría una forma de continuar con la estructura familiar, aunque sea a algún nivel. ¿Podríamos armar un modelo en el que compartiéramos de vez en cuando una comida? ¿Vacaciones, incluso? ¿Podríamos reírnos juntos algún día? Y, más aún, ¿podría mi ex seguir formando parte de mi familia, alguien que me protege y quiere lo mejor para mí? ¿Y yo lo mismo para él?
No había escuchado antes la expresión separación consciente. Fue una sugerencia de nuestro analista, el hombre que nos ayudó a moldear nuestro futuro, y al principio me sonó pretenciosa y difícil de tragar. No me interesó tanto la expresión cuanto el sentimiento que nombraba. ¿Acaso existía un escenario en el que podíamos divorciarnos y no perderlo todo? ¿Podíamos ser una familia aunque ya no fuéramos más pareja? Decidimos intentarlo.
Pero primero lo testeamos. Prueba y error. Pasaba que teníamos días geniales y días muy malos. Días en los que no nos aguantábamos, pero manteníamos en mente el objetivo. Le encontrábamos la vuelta para llevar los chicos a almorzar, como habíamos quedado. Por entonces estábamos recién mudados a LA y todo era nuevo otra vez. Mirando para atrás, ese debe haber sido sin duda el año más difícil de toda mi vida. Me gobernaba el miedo. Me preocupaba que los chicos no se integraran bien a su nueva vida, a su nueva escuela, a la nueva estructura familiar. Me torturaba pensar que el mundo se enteraría de que ya no éramos pareja antes de que juntáramos el coraje de comunicarlo. ¿Cómo lo haríamos? ¿Qué diríamos?
Y llegó el día. Con un plan bien definido, publicamos un newsletter en Goop con el título Separación consciente. Era la comunicación oficial de que nuestro matrimonio había terminado. Me acuerdo lo que me temblaba el cuerpo cuando le dije a Elise Loehnen, nuestra Jefa de Contenido, que sí, que podía mandarla. Sabíamos que la carta iba a hacer mucho ruido -una pareja conocida que se divorcia siempre lo hace- pero no teníamos idea de lo que iba a desencadenar. A la sorpresa, siguió la ira. Una rara mezcla de burla y odio que nunca antes había visto. Yo, que ya venía golpeada de un año difícil, tuve que hundir la cabeza en la tierra como nunca antes en mi vida pública.
Siempre fui una persona que dice lo que piensa, aún si lo que creo es disruptivo. Me gusta proponer cambios para bien. Compartir una vulnerabilidad que puede ayudar a alguien. Subrayar algo que puede resonar en otro. Es para eso que fundé Goop. En Goop toqué temas por los que me acusaron de loca: yoga, reiki, macrobiótica, gluten-free, las vaginas… Todavía hay registro en internet de las reacciones que algunos de estos temas provocaron. Pero siempre se repetía el ciclo: yo, o nosotros, en Goop, tocábamos un tema nuevo, se generaba un ruido enorme y al final terminaba por adoptarse. Aunque a veces sufrí por eso, sobre todo al principio, aprendí a amar el lugar que me toca y la curiosidad que despierta. Separación consciente/separación/divorcio, llamálo como quieras, lo que importa es que ya es una idea aceptada. La gente ya no se me acerca para preguntarme ¿por qué lo llamaste así? sino para preguntarme ¿cómo hago para lograrlo?
Claro que este proceso es distinto para cada pareja pero, para mí, sobre todo, se trató de hacerme responsable de mi parte en la disolución de nuestro vínculo. Había aspectos de mí que yo había querido sanar a través de esa relación y no fui lo suficientemente honesta conmigo para darme cuenta. Fui ciega, reservada, invulnerable y poco tolerante. Tuve que admitirlo y, después, ser fuerte para compartirlo.
Se necesita mucho perdón, y entender qué es exactamente perdonar. En mi mente, el perdón llegaba cuando lo duro se hacía blando y cuando ya no te provoca nada lo que antes te molestaba mucho del otro, ni a esa persona lo tuyo. Pero después entendí que perdonar implica hacerse cargo de la mitad de una relación. Que no podés ni empezar a perdonar hasta que no te ponés en los zapatos de la otra persona, y sentís cómo lidia él con tus partes más pesadas, con tu trauma, con tus disfunciones. Claro que hay excepciones, pero en la mayoría de los casos las relaciones son 50/50: es más fácil ponerte en el lugar del herido que hacerte cargo de tu propia mierda.
Dejar ir el rencor es clave. El rencor nos lleva a creer que nosotros tenemos razón. Nos mantiene inmunes a nuestras faltas. Si la separación tiene un sentido, es el de crecer: mirarte a vos mismo y sanar patrones para no volver a repetirlos.
Cuando el rencor bloquea el proceso, fomentar los buenos sentimientos puede ayudar. Porque alguna vez amaste a esa persona, y posiblemente todavía la ames, por aquellas cualidades que mejor tener siempre presentes. Lo que me lleva al punto final de esta carta, y al más radical: está bien que sigas enamorada de aquellas partes de tu ex que siempre te enamoraron. De hecho, ese es el secreto de la separación consciente: amá esas partes geniales del otro. Todavía las tiene, y pueden hacerte sentir lo mismo que antes. En vez de bloquearlos, abríte a esos sentimientos, explorálos. Porque nos perdemos todos los maravillosos matices de la vida cuando optamos por blanco o negro. Y, aún si todavía son chicos, los hijos van a entender que el amor toma múltiples formas. Siempre supe que mi ex marido iba a ser el padre de mis hijos, y también sé que mi actual es la persona con la que voy a envejecer. La separación consciente nos permite reconocer que esas dos formas de amor pueden coexistir, y nutrirse mutuamente.”

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