Staying alive

Quedarse en casa es el nuevo salir.

Un estudio publicado por Mintel en 2016 reveló que 4 de cada 10 millennials prefieren quedarse bebiendo en casa que salir por una cerveza. Entre los motivos que argumentan en la encuesta, dicen que socializar en casa es más relajante (74%), más barato (69%) y más personal (35%), y hay otro porcentaje importante (38%) que dice que “salir a casa” los ayuda a controlar el consumo de alcohol.

Y todavía no había llegado el coronavirus, que cambia el mundo como lo conocíamos hasta ahora. Porque si ya antes de la pandemia las masas de personas sudorosas al ritmo de la música empezaban a ser una opción poco deseada, ahora es ley. Y la respetaremos, por la salud nuestra y la de nuestra comunidad.

Hay una oportunidad acá, un aprendizaje. Por un motivo o por otro, no podemos desoír la urgencia de quedarnos calentitos y guardados, bien comidos y tan entretenidos dentro de casa como un bebito en el útero. Y, además, seamos honestos: nos gusta salir porque es como lanzarse a la aventura, la gente nueva, la ilusión de encontrar nuestra alma gemela, sentir el pulso seductor de la ciudad de noche y entregarnos a la efusión latina que nos define. Aunque salir también nos expone a muchos riesgos: perder la billetera, contagiarnos un virus, encontrarnos con nuestro ex, seguir sin encontrar nuestra alma gemela y que al final no pase nada de todo eso tan espectacular que imaginábamos que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Que, por otro lado, nunca pasa.

La base está
“Quedarse en casa es comparable a una inversión conservadora. Es como poner tu plata en una caja de ahorros: vas a crecer marginalmente, te vas a mantener a salvo y vas cumplir tus expectativas (nunca pasarlas). En el peor escenario, las papas fritas del delivery van a estar blandas y la conexión de internet va a fallar. Pero, bueno, en ese caso queda la opción de apagar todos los dispositivos y meterse en la cama temprano. Una mala noche en casa es una buena noche de descanso. Eso es ganar. Una ganancia modesta, pero ganancia al fin”, dice Molly Young en The New York Times.

Lo que cambia todo es elegir quedarse. Que estar en casa no se viva como la opción que queda cuando todo lo demás falla sino como la primera, la mejor. Aunque el coronavirus nos amenace, todavía podemos tomar algunas medidas para transformar la cuarentena en un largo spa espiritual de mimo y creatividad. La primera de todas: pensar egoístamente. ¿Qué me gusta? ¿Leer, cocinar, ver películas?

  • Se puede comprar libros sin cruzar el umbral. Hoy proliferan los clubes del libro, como @pez.banana.club, que ofrece un póker de opciones por mes para elegir y que te lleguen por moto.
  • Se puede desembarcar en la cocina con un plan prefijado. Por ejemplo: probar recetas nuevas de alimentación consciente, esas que tienen ingredientes que no acostumbramos comprar y que prometen paraíso. Seguir la receta, hacer caso, por una vez, tenemos tiempo.
  • El maratón de Netflix. Nada que agregar, ya sabemos de qué se trata, aunque están nuestros recomendados si hace falta.
  • Se puede jugar juegos de mesa, que es como mandar al cerebro al gimnasio, y además es algo para hacer con la familia. Un rompecabezas a medio armar en un rincón es una invitación siempre abierta y, cuando se juntan algunos, un disparador poderoso de ese tipo de conversaciones que solo surgen cuando no hay que mirarse a los ojos.
  • ¿Socializar? En redes.

Algo que no sea ordenar
Desde que apareció Marie Kondo, uno dice “casa” y piensa en ordenar, en deshacernos de lo que ya no usamos, en acomodar la ropa. Pero hay más en “casa” que roperos. Por lo pronto, hay personas.

“Tengas la edad que tengas y con independencia de cuál sea tu actividad en la vida, ya sea el arte tu carrera, tu hobby o tu sueño, no es demasiado tarde para trabajar en tu propia creatividad”, dice Julia Cameron en El Camino del Artista, el bestseller que enseñó a millones de personas a desbloquear al creativo que todos llevamos dentro. “Del mismo modo que el Hatha Yoga modifica la conciencia a través de meros estiramientos corporales, los ejercicios de este libro la modificarán a través de la mera práctica de escribir y jugar. Hazlo y se producirá una apertura, creas o no en ello. Da igual si a ello lo llamas despertar espiritual o no. En resumen, no importa tanto la teoría como la práctica en sí misma. Lo que estás haciendo será crear caminos en tu conciencia a través de los cuales puedan operar las fuerzas creativas. Una vez que aceptas que hay que limpiar esos canales, tu creatividad emerge. Así como tener sangre es un hecho innegable de tu cuerpo físico, no lo has inventado, la creatividad es un hecho innegable de tu cuerpo espiritual, nada que tengas que inventar.”

Carpe diem
Quedarse en casa es optar por el autocuidado. Que incluso podemos tomar literalmente y aprovechar para armar rutinas de belleza envueltas en una bata de seda, porque quedarse adentro ya no es sinónimo de remera agujereada. Levantarse temprano, hacer y tomar esa receta de jugo verde que tenemos guardada, exfoliar la cara a fondo, ponerse aceite de almendras en codos, talones, uñas de manos y pies, y aceite de ricino en las pestañas. Tomar el complejo vitamínico que investigamos y el médico avaló. Probar la clase de yoga de la app que nos bajamos y nunca usamos, con los hijos si están en casa o solas.
Teletrabajar, claro.

Y, después de todo, relajar bajo una manta. Sí, invirtamos en una manta peludita y hermosa para este invierno coronado, que nos va a hacer falta. Y amémonos. A nosotros primero, como lo que te enseñan en el avión de la mascarilla de oxígeno. Que si yo me cuido voy a poder cuidar a otros. Con calma, pero atentos. Como dijo Jasper en los Simpsons: “What a time to be alive”.

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