Un padre ausente

Lo que sigue es un extracto de Un final feliz, el libro de la fotógrafa y escritora argentina Gabriela Liffschitz que se publicó en 2004, meses después de su muerte temprana, por cáncer.

Un padre ausente es un padre, me aclaró Chamorro una de esas veces ante la puerta del consultorio antes de salir, esas intervenciones que hacía como al pasar y que parecían más inocuas por estar fuera del ámbito del diván y que muchas veces se constituían como el golpe de gracia que hacía que uno saliera de allí tal cual una vaca que acaba de ser pegada por el marrón: los ojos perdidos, el cuerpo pesado, tambaleante, apabullado e incomprensible. Nunca pensé que semejante estupidez pudiese convertirse en un descubrimiento inaugural. Pero fue así, ya que hasta entonces no me había dado cuenta de la diferencia.
No era que no había un padre, lo que había era un padre ausente; digo ésta era en sí misma una forma posible de ser padre. No era un padre muerto, era un padre que se había ido. Era un padre que tal vez ejercía su paternidad incluso de forma más abarcadora, como no estaba en ningún lado estaba en todos. Al igual que mi padre, yo también estaba en todos lados, sin concretarme en ninguno, controlando todo desde el ocultamiento. Escondida, en el borde de la escena. Una presencia abarcadora pero ausente, un vacío demasiado extenso para ser colmado. Años antes, con la esperanza de concretarlo a él también –mi padre, el vacío, yo–, había ido a buscarlo a Europa. En ese entonces era temeraria. Tenía veinte años, pasaje de ida y doscientos dólares.
Mi padre en un principio no me quiso ver. Muchas llamadas infructuosas daban como resultado una imposibilidad de diversas índoles. Pero finalmente cuando le expliqué que tenía su dirección y lo amenacé con hacer guardia frente a su casa, accedió a un encuentro de quince minutos en un bar. No sé si verlo constituyó al fin y al cabo algo en sí mismo, tal vez fue buscarlo lo que marcó cierto cambio de posición en mí. Como sea, esto tuvo efectos. Cuando volví de aquel viaje plagado de aventuras, fascinación y angustia (me quedé en Europa viviendo, pero a él, mi padre, no lo vi más), quise por primera vez formar una pareja. Quería tener un hijo.”

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