Alquimia de cuerpo y alma

“Cada vez leía más y más, cada vez me apasionaba más y más. Todo lo que leía sobre enfermedades autoinmunes hablaba de dejar el gluten solamente en primera instancia; otros hablaban de dejar también lácteos y azúcar refinada al mismo tiempo que el gluten. Otros agregaban también al maíz y la soja por ser, la mayoría, genéticamente modificados y por la sobreexposición que tenemos a esos dos productos. 
Cuando empecé a leer etiquetas, me di cuenta de que era real: el noventa y nueve coma nueve por ciento de los productos que consumía a diario tenían maíz y soja en algunos de sus componentes. Era realmente apasionante, estaba llena de información y cada vez descubría más y más relación entre mis enfermedades, dolencias y malestares del cuerpo con los alimentos que consumía. 
Quería saber todo, así que aprovechaba las salas de espera y los ratos libres que tenía para leer y leer. Hasta que un día decidí probarlo. No había terminado de estudiar todo lo que hubiese querido, pero necesitaba empezar a sentirme mejor, así que con lo que ya sabía era suficiente para arrancar. 
Busqué las dietéticas que tenía cerca de casa. No eran muchas y muchos de los productos que recomendaban en los libros y estudios no existían en la Argentina. Como mencioné, descubrí que había abierto un local de productos naturales a dos cuadras de casa. Justo cuatro cuadras: dos de ida y dos de vuelta, era lo máximo que podía caminar (y no todos los días, porque mi agotamiento no me lo permitía). Lo sentí como una bendición, todo se me estaba dando de una manera fácil y armónica. 
Empecé a darme cuenta de que no podía comprar ningún producto alimenticio. Sí alimentos e ingredientes por separado. Pero todos los productos ya elaborados tenían algo de gluten, lácteos, azúcar, maíz o soja. Aun así no me importaba, para esa altura estaba absolutamente convencida de que una alimentación de este tipo iba a ayudar a mi cuerpo a sanar. 
Había mucha información y no todos los autores recomendaban lo mismo, por lo que decidí apostar a fondo al poder de la alimentación y eliminé todo lo que me generara alguna duda. Así fue como para el 1.° de noviembre del 2016 ya estaba comiendo sin gluten, lácteos, azúcar refinada, maíz, soja, conservantes, aditivos, colorantes, procesados ni enlatados. Tampoco comía pescado por su exposición al mercurio; sabía que había pescados con más y otros con menos carga de mercurio, pero decidí sacarlos todos para evitarlo al máximo. En la Argentina no hay mucha información al respecto, así que preferí quitarlo hasta que volviera a estar sana, después podría volver a analizar la situación. Empecé a leer etiquetas; siempre lo había hecho, pero esta vez con otra minuciosidad, y descubrí la enorme cantidad de productos que dicen ser naturales y realmente no lo son. La mayoría de los productos tenían entre sus ingredientes alguno que yo desconocía y que en general nada tenía que ver con el alimento en cuestión. Ya sabía que cuanto más simple el listado de ingredientes de un producto, más sano era, y que en cuanto empiezan a aparecer nombres o letras raras, el producto no es natural. Para entender esas letras y números usaba Google desde mi teléfono y enseguida me indicaba de qué se trataba. Que todo producto alimenticio tuviera algo que no podía comer me parecía otra bendición; eso me ayudaba además a comer sin conservantes ni aditivos. 
Entendí que mi cuerpo ya tenía suficiente trabajo metabolizando los químicos de la medicación que consumía, no quería agregarle trabajo extra. Necesitaba que mis células invirtieran toda su energía en sanarme. La primera semana me sentí con más energía, pero con mucho dolor de cabeza (los dolores de cabeza eran algo muy común en mi vida), muy inflamada, con muchos gases y mi tránsito intestinal no estaba mejorando. Había leído que podía ser normal, así que seguí mi camino esperando que estos síntomas disminuyeran día a día. Empecé a buscar recetas de comidas. Sobre todo dulces. Los almuerzos y las cenas los tenía más controlados: podía comer ensaladas con arroz o lentejas, un bife o carne al horno o pollo con ensalada. También necesitaba desesperadamente comer algo rico, rico como lo que había comido siempre, rico como algo del kiosco. No era tarea fácil porque no contaba con muchos de los ingredientes que las recetas nombraban, así que empecé a transformarlas con algunos ingredientes que sí estaban a mi alcance. Muchas preparaciones me salían incomibles y me frustraba; no solo eran ingredientes carísimos, sino que estaba muy cansada y me costaba mucho trabajo cocinarme. Para hacerlo “desempolvé” la multiprocesadora que tenía en casa, ya que muchas recetas necesitaban que procesara sus ingredientes; había sido un regalo de casamiento y la había usado poco y nada.”

Editorial Planeta.

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