Casarse

El compromiso nos hace libres.

“Una de las ventajas de estar solo es creerse que uno es una persona muy fácil para convivir”, dice el filósofo suizo Alain de Botton. Pero de cerca nadie es normal. “Tal vez nuestro problema es que nos ponemos furiosos cuando alguien no está de acuerdo con nosotros, o que solo logramos relajar cuando estamos trabajando; tal vez nos molesta la intimidad después del sexo o enmudecemos cuando nos humillan. Nadie es perfecto. Pero, antes del matrimonio, no nos detenemos tanto en nuestras complejidades: si una relación casual amenaza con mostrarnos esa parte que no nos gusta, responsabilizamos a la pareja de turno y le damos el pase.”
¿Por qué razón, entonces, elegimos unirnos a alguien?
Porque lo deseamos. Porque sentimos un instinto animal que nos empuja a estar con esa persona y en algún lugar sabemos que eso es lo que tenemos que hacer. ¿Garantías? Cero. ¿Éxito? Mmm. ¿Acaso no sería mejor pensar que el éxito en el amor es la capacidad de sentir eso y ya?
“Al final, el matrimonio es una timba generosa y altamente amorosa entre dos personas que todavía no saben del todo quiénes son, ni quiénes pueden llegar a ser, y que se atan a un futuro del que tampoco saben nada y que prefieren no investigar demasiado”, dice de Botton en Why you will marry the wrong person.

Comprometerse también es elegir
Compromiso no es obligación. No es sinónimo de prohibiciones. Cuando se piensa en elegir, a menudo se lo relaciona más con las opciones (el resultado del acto) que con la voluntad (el acto). Y entonces comprometerse se asocia a una limitación que, valga la redundancia, compromete la libertad. Pero elegir una opción es un acto tan libre como no elegirla.
“Einstein decía que para ser feliz había que comprometerse más con una causa que con personas y cosas. Los seres humanos nos unimos en procura de objetivos, ideas, creencias, sentimientos, praxis. Vínculos afectivos, laborales, religiosos, solidarios, luminosos, oscuros. Carpe diem. Cada quien con sus valores en diálogos y acciones que nos asocian para la materialización de proyectos y anhelos compartidos. El compromiso con otro/s incluye pactos materiales y simbólicos por los que decidimos hacernos responsables de ida y vuelta, contratos que elegimos honrar.”, dice María Andrea Yannuzzi, psicóloga, PhD en la Universidad de Pittsburgh y terapeuta de negocios. Una vez más, TheG tuvo la suerte de conversar con Yannuzzi:

¿Se disfruta de un compromiso? ¿Por qué suele asociarse -primero- a la privación?
“El compromiso deviene bienestar y disfrute cuando resulta una gratificación que supera el narcisismo. Más que una prescripción estricta, es una realización consensuada que trasciende la individualidad a la vez que la respeta. El ejercicio de la libertad supone compromisos tan diversos como son múltiples las maneras de amar y las personas. Se pueden acordar infinitas combinaciones y modos de relacionarse según la manera de vivir de cada uno, y sin la prisión de los estereotipos o del deber ser único y fatal.”

¿Por qué se le teme al compromiso?
“El temor al compromiso (hasta el punto de la fobia) puede generar estragos emocionales, soledades no elegidas, falsas expectativas y decepciones, seducciones indiscriminadas y compulsivas que encuentran encaje en sujetos vulnerables, y puede llegar a veces a manipulaciones y estafas morales, afectivas y materiales. Se trata de una disociación en vez de una conciencia coherente entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Cada quien es responsable de su trabajo de crecimiento personal, de lidiar con sus propias contradicciones. Buscar un compromiso allí donde el otro no está dispuesto a ofrecerlo, sea por falta de disponibilidad emocional transitoria o idoneidad, o por otros trastornos, también trae mensajes que uno tendrá que decodificar.”

¿Existe algo así como el compromiso con la vida?
“En estos tiempos donde está tan destacada la muerte, lo mejor que podemos hacer es comprometernos con la esperanza que insiste en resiliencias y alquimias, con el amor a la vida que prevalece y fecunda, a pesar de todo.”

Con este sí, con este no
“La buena noticia es que no importa tanto si te das cuenta que te casaste con la persona errada”, dice Alain de Botton. “No necesariamente tenemos que abandonarlo, o a ella. Pero lo que sí tenemos que abandonar es esa idea romántica sobre la que se basa la institución del matrimonio desde hace 250 años: que existe un ser que tiene todo lo que necesitamos y que esa persona puede satisfacer todos nuestros deseos.”
A la hora de elegir, no está nada mal seguir esta advertencia. “La persona más adecuada para nosotros no es la persona que comparte cada uno de nuestros gustos (por otro lado, tampoco existe), sino aquella persona que es capaz de negociar las diferencias con inteligencia, la persona que se maneja bien con los desacuerdos. Mejor que un ideal de complementariedad perfecta, es la capacidad de tolerar las diferencias con generosidad. La compatibilidad es una conquista del amor, y nunca un requisito previo.”

The Rock
“En 1947, la joyería inglesa DeBeers lanzó un slogan que es un clásico: Un diamante es para siempre. La durabilidad implícita del diamante representa muy bien la idea de que el matrimonio es eterno. Así, la pureza y el brillo de la piedra se volvieron símbolos de la magnitud del amor de un hombre por una mujer prácticamente en todos los rincones de la tierra. Como DeBeers tenía sus minas especiales en África, sus piedras eran un poco más accesibles. En los años 30, cuando la demanda de anillos de diamante bajó debido a la crisis financiera, DeBeers lanzó una poderosa campaña de marketing con fotos de estrellas de cine cubiertas en diamantes. En tres años, las ventas subieron un 50%”, dice la página web de American Gem Society.
En Argentina no se usa tanto lo del anillo de compromiso, pero en Estados Unidos es obligatorio, y el tamaño de la piedra no solo supone poder adquisitivo sino también un correlato totalmente arbitrario con el tamaño de ese amor que sella. Un diamante de compromiso puede llegar a ser tan caro que, si la pareja se termina, el anillo pasa al paquete de bienes por dividir. “El sistema legal de Nueva York parte de la premisa de que un compromiso que se rompe es una responsabilidad compartida y, por lo tanto, el anillo debe volver a manos de quien lo compró”, dice la nota Should I Give the Engagement Ring Back? publicada en The New York Times. Se la conoce como “la cláusula de la no-culpa”.

Para terminar de desentenderse, la Corte de NY redactó una lista de motivos por los cuales una pareja puede romper su relación:

  • Las partes no tienen nada en común.
  • Una de las partes no aguanta a su familia política.
  • Las mascotas de las partes no se llevan bien.
  • Una de las partes es desordenada y esto irrita a la otra parte.
  • Se apresuraron mucho en comprometerse y casarse.
  • Un menor hijo de una de las partes no se lleva bien con la otra parte.
  • Un adulto hijo de una de las partes no acepta a la otra parte.

“Como pasa con la mayoría de las parejas que se rompen, esta lista de motivos puede extenderse al infinito”, dice la nota de NYTimes. Tanto como la lista de motivos que pueden convencernos de quedarnos.

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