Descuido

Qué es la negligencia emocional.

“La infancia es una etapa crucial, pues en ella definimos nuestras nociones sobre todo, desde el amor romántico hasta la felicidad. Las relaciones con nuestros padres son importantes, y también pueden dañarnos. Cuando sos hijo de un padre emocionalmente abusivo, el camino nunca es fácil. Depende de vos encontrar la sanación, la vía hacia la felicidad y la luz.
Aunque no somos responsables de las secuelas que nos dejó la negligencia emocional de nuestros padres, sí somos responsables de repararlas para que no interfieran en nuestra vida adulta. Esto llega con una dosis brutal de aceptación y a cambio del compromiso de revisar aquello que se solidificó con los años. Existe la posibilidad de ser felices después de tomar conciencia de que tuvimos una infancia abusiva, pero sólo si aceptamos quiénes somos y quiénes queremos ser.
Los recuerdos de la infancia no son tan transparentes como creemos. A menudo están teñidos del color rosa de la nostalgia. Recordamos a Papá Noel o los días en la plaza con amigos. Pero, ¿y todo aquello que no estuvo tan bueno? ¿Qué pasa con todas aquellas escenas que nos provocan escalofríos, y que definieron quienes somos?
La negligencia emocional es eso que pasa cuando las personas responsables de cuidarnos no responden a nuestras necesidades emocionales en las etapas críticas de nuestro desarrollo. Mientras que el abuso es un acto intencional, la negligencia emocional en general es producto de la ignorancia o el resultado de una forma extrema de narcisismo. Es fallar a las necesidades emocionales de un niño, es la no predisposición a cumplir la tarea que nos toca como padres.
La negligencia emocional es tan sutil que muchos de nosotros ni siquiera distinguimos sus consecuencias en nuestras vidas adultas. Sobreponerse demanda un trabajo largo, y requiere una dosis de honestidad brutal, auto-compasión y comprensión. Reconectar con la felicidad real y la paz implica aprender a corregir esas fallas y amarnos por quienes realmente somos.”

Las cinco facetas de la negligencia emocional
“La negligencia emocional no se reduce a gritar o patalear. Existen otras manifestaciones, que van desde el rechazo a las necesidades del niño hasta la corrupción de su idea de lo que está bien o está mal. Estas son las cinco instancias más comunes:

Rechazo a sus necesidades: un padre emocionalmente abusivo es alguien que desoye las necesidades de su hijo, o se niega a demostrar que le importan. El adulto responsable le niega al niño el apoyo que éste necesita para sentirse seguro, lo que puede incidir en su manera de relacionarse con otros en el futuro.

Aislamiento desmedido: una marca distintiva de abuso es, sin lugar a dudas, el aislamiento de la víctima. Los negligentes o abusadores encuentran en esta metodología una manera de ejercer control sobre sus víctimas. Un padre emocionalmente abusivo se va a resistir a que su hijo haga hasta las cosas más normales, o usará el aislamiento como una forma de castigo para darse más poder.

Terror, terror, terror: está en la base de todo abuso emocional. Los adultos a cargo aterrorizan a sus hijos con la amenaza de horribles castigos, lo que sólo provoca que se replieguen más. Este terror sostenido erosiona hasta la más elemental necesidad de seguridad.

Indiferencia y rechazo: cuando un padre ignora expresamente las necesidades de su hijo, éste se siente no deseado. Los niños necesitan de la validación de sus mayores, porque los ayuda a desarrollar confianza en sus habilidades.

Corrupción del juicio: tal vez la más pérfida de las facetas de la negligencia emocional es eso que se produce cuando el adulto incentiva al niño a ser malo, o a portarse mal. Puede hacerlo directa o indirectamente, si sólo le contesta a su hijo cuando está sacado. El hecho de que un niño reciba atención únicamente cuando está en medio de un ataque, o lastimándose, o lastimando a otros, altera sus patrones de conducta.”

Por qué no siempre reconocemos el abuso emocional infantil
“A diferencia del abuso físico, las heridas que deja un abuso emocional calan hondo y acechan en aquellos rincones donde nos sentimos más a gusto. Debido a que el abuso emocional hace que enterremos bien profundo el dolor, puede que no lo reconozcamos de una.

Rechazar nuestras necesidades: desde nuestro yo adulto, a menudo le restamos importancia a nuestras necesidades infantiles. Es muy común que hagamos pasar el dolor y el rechazo como malentendidos propios de la niñez, en vez de animarnos a verlos como esos momentos definitivos que en realidad son. Rechazarlos sólo va a enterrarlos más hondo en el inconsciente. Y, cuanto más dure en el tiempo, más serios serán sus efectos colaterales.

La normalización: es uno de los motivos más comunes por los que nos cuesta tanto resolver los traumas infantiles. Es que preferimos pensar que lo que nos pasó es normal, y entonces lo invalidamos. Porque a todo el mundo le pasó, creemos que tampoco es tan importante. Y, sin embargo, no podría estar más alejado de la verdad: que algo sea común no lo hace menos traumático.

La internalización del trauma: los niños tienen una extraña tendencia a incorporar las cosas malas que les pasan, y eso es una verdad grande como una casa cuando se trata de abuso emocional. Cuando internalizamos un trauma, empezamos a creer que el maltrato que sufrimos como niños fue por nuestra culpa. Mi culpa. Me lo tenía merecido. No me portaba bien. Internalizar el trauma lo transforma en la raíz inevitable de nuestras inseguridades.

Vergonzosamente silenciado. En algún momento entendiste tu trauma y le diste un nombre. Pero las cosas cambian y los lazos familiares definen las cosas, y un día preferimos callar o nos convencemos de que es mejor enterrar el trauma para no afectar nuestras relaciones. Pero cuanto más te quedes en este lugar más te vas a apagar.”

Las consecuencias a largo plazo del abuso emocional
“El abuso emocional puede ser sutil y por eso puede tardar años en manifestarse y en impactar en nuestro bienestar. La incapacidad de confiar en otros, o ese juez tan severo que tenemos adentro y que nos culpa de todo, definitivamente no son rasgos normales. En general son señales de que convivimos con la idea de que no somos dignos de amor. Una idea totalmente equivocada que alguien irresponsable nos metió en la cabeza.

Un amor propio costoso: los adultos que fueron chicos abusados emocionalmente a la corta o a la larga van a tener un tema de auto-estima. Ya sea que crecieron sintiéndose poco merecedores de amor, o no lo suficientemente inteligentes, o lindos, o exitosos, el rol que desempeñaron sus padres fue vital en esta construcción. Sostener nuestros traumas emocionales extiende esas creencias limitantes, y nos fuerza a reconocer que merecemos ser tratados mal.

Culpa constante: los abusadores emocionales son tan buenos en eso de hacer sentir culpable a su víctima que ese lugar se vuelve una constante. Esto puede llevarnos a sobre-reaccionar, recaer en adicciones o desmesuras, y hasta boicotearnos. Es importante tener presente que vos no tuviste la culpa. Es responsabilidad de nuestros padres cuidar de nosotros, y darnos la estabilidad emocional y el amor que necesitamos.

Una privacidad obsesiva: si tus padres te espiaban, o exponían a todos tus secretos, esto puede puede haberte provocado una hiper-sensibilidad a tu intimidad. Si jamás respetaron tu espacio, tal vez te hayas vuelto una persona demasiado celosa de tu intimidad, o muy a la defensiva. Esconder nuestros pensamientos, emociones y vulnerabilidades vuelve difícil una conexión auténtica con los demás.

Malas relaciones: lazos rotos con nuestros padres se traduce en lazos rotos con nuestras parejas, amigos y hasta con nuestros hijos. Y esto se debe al estilo de relación que aprendimos en casa, pero también a otros miedos inseminados, como el miedo al abandono. El adulto que fue un niño emocionalmente abusado a menudo repetirá el patrón de las relaciones abusivas, explosivas y dramáticas. Es necesario aprender a reaccionar de otra forma.

Pesimismo: es difícil mostrarse alegre cuando tus sentimientos fueron rechazados. Los adultos que crecieron en las sombras tal vez desarrollen un juez interior exacerbado y les cueste ver a los demás con buenos ojos. Porque sus bases se formaron en medio del terror, la soledad y el abandono, suelen esperar lo peor. Es un mecanismo de defensa que los ayuda a protegerse de más daño emocional.

Emociones enterradas: cuando fuiste emocionalmente abusado, aprendés que no es seguro expresar tus emociones. Si fuiste rechazado, esto puede llevarte a ocultar tus emociones, lo que hará que se enquisten y se manifiesten en patrones inconscientes de conducta o reacción.”

Cómo sanar
“Si te toca lidiar con las consecuencias de un abuso o negligencia emocional, tendrás que trabajarlas pero podrás encontrar la paz.

Sé honesto con el pasado: esto significa aceptar lo que pasó, incluyendo los errores que pudieron haber cometido los adultos responsables. Tenés que poder dejar ir tu culpa interna y entender que el niño que eras no fue responsable de nada. Empezá de a poco, con un diario para tomar notas o una meditación guiada. Retiráte a un lugar tranquilo para revivir aquel momento en el que sentiste que te ignoraban. ¿Cómo reaccionó tu padre/madre? ¿Cómo te sentiste? Tratá de revivir las emociones, de recrearlas. Ahora, tratá de entender que tus padres eran humanos, y que a ellos también les pasan cosas. Sintonizá esa comprensión para abordar aquello que te pasó, y cuál sería la mejor manera de arreglarlo.

Reconocé tus límites: si no te hacés un espacio en la mente para despegarte de lo que fue y de lo que fuiste, no vas a poder liberarte de las marcas de la infancia. Las infancias difíciles nos persiguen, se manifiestan una y otra vez de todas las formas posibles, minando nuestra salud física y emocional. Es importante poner límites, y ponérselos a aquellas personas que nos lastimaron. Haz lo que haya que hacer para protegerte, y para honrarte a vos mismo y a lo que sos y no sos capaz de tolerar. Si aquel adulto que te lastimó todavía forma parte de tu vida, comunicále tus emociones. Amarse a uno mismo lleva tiempo y esfuerzo, pero vale la pena: cuando te das cuenta de tu valor, ya estás en el camino de tu recuperación.

Sentíte a gusto con tus emociones: crecer en un hogar donde no hay una buena conexión emocional puede tornar difícil el reconocimiento de nuestras propias emociones. En general, los adultos responsables se distancian porque no saben cómo lidiar con ellas. Solo enfrentando nuestras emociones aprendemos a manejarlas. Aunque en general se nos dice que es mejor ignorarlas, la técnica denominada diferenciación emocional nos ayuda a construir confianza para encararlas. Mediante la diferenciación logramos identificar lo que sentimos y por qué nos sentimos así, lo que nos pone en el camino de la claridad y del contento. Es como ser el manager de un restaurante: si de verdad querés que funcione bien, tenés que conocer a cada uno de los miembros de tu personal.

Buscá ayuda profesional: encarar una negligencia emocional no siempre es un trabajo que podemos hacer solos, o con la ayuda de amigos. A veces es necesario consultar a un profesional. Los síntomas de un trauma varían de persona a persona y es importante dar con aquel profesional que maneje casos como el tuyo. Tomate tu tiempo y no empieces una terapia con la que no te sentís a gusto. Sanar es un camino arduo, pero vivir en el dolor es peor. Cuando te sientas mejor físicamente, vas a poder encarar la sanación mental y emocional.

Practicá la auto-compasión: es una herramienta poderosa para recuperar el dolor que causaron padres negligentes. No es pena de uno mismo, nada que ver. Es tomar un rol activo en nuestra mejoría, abrazar nuestras fallas y nuestro dolor al mismo tiempo que celebramos nuestros triunfos. Cuando somos capaz de hacer esto con nosotros, seremos capaces de aplicar la misma bondad y comprensión a los demás.

Agradecé más: la gratitud es una excelente manera de lidiar con nuestras emociones negativas. No importa quién seas, o si estás rodeado de millones de personas que te aman, o no. Si sos un ser humano, algo tenés para agradecer seguro. Vivimos rodeados de cosas bellas. Tomáte cinco minutos cada día y hacé una lista con las cosas que tenés para agradecer. Anota las cosas grandes y aquellas tonterías que te hacen sonreír. Repasá la lista. Aseguráte que no dejaste afuera las cosas simples de la vida. Recién vas a poder conectarte con vos mismo cuando te des cuenta de que no todo es un bajón. Siempre hay algo ahí afuera que vale la pena.

Re-parentáte: cuando fueron nuestros padres los que nos lastimaron, a menudo buscamos curarnos en el lugar errado. Acudimos a las personas equivocadas, drogas, alcohol y a todo aquello que anestesie el dolor de no haber sido amados. No haber podido desarrollar inteligencia emocional nos lleva a confundir felicidad con placer, aunque no tienen nada que ver. El placer por sí mismo no te salva. Solo nosotros mismos podemos hacerlo. Y eso a veces significa convertirse uno mismo en el padre que no tuvimos. Tratarnos bien, preguntarnos cómo nos estamos sintiendo, darnos crédito. Sé amable con vos y con tu manera de ver el mundo. Celebrá tus fortalezas y tus victorias todos los días de tu vida.

Conectá con tu red de soporte: sustituir una familia enfermante por un grupo de amigos que satisface nuestras necesidades emocionales es una buena transición hacia la cura. Permitíte hacer foco en las relaciones que traen felicidad a tu vida, en vez de hacerlo en aquellas que te tiran para abajo. No existe una ley que diga que únicamente la sangre es familia: podés armarte otra familia con aquellos amigos que están dispuestos a escuchar tus necesidades.

La familia elegida es muy importante cuando se trata de diseñar la vida que queremos. Si estás luchando por distanciarte de un familiar tóxico, establecer lazos con una red de amigos es una manera de retomar contacto con vos mismo. Nuestras relaciones reafirman nuestra perspectiva de la vida, nuestros valores. Y es eso lo que hace toda la diferencia en lo que respecta a nuestra alegría, y nuestra paz.”

Resumiendo
“Son múltiples las formas en las que nuestros padres pueden lastimarnos emocionalmente, y todas ellas resultan en un dolor que se asienta y que puede causar problemas en nuestra adolescencia o vida adulta. Si no reconocemos y lidiamos con este dolor, nos va a perseguir, y puede provocar un sinfín de efectos negativos y mecanismos de negación que nos privan de ser quienes de verdad somos, y minar nuestros proyectos. Si queremos sanar, tenemos que ir bien a fondo. Y poner el foco en nuestras necesidades y en satisfacerlas con honestidad y compasión.
Conectáte con tu pasado y empezá a aceptar esas experiencias por lo que son, buenas y malas. Andá a fondo y reconocé que tenés derecho a sentirte como te sentís. Nuestras emociones no se forman por generación espontánea: son una reacción a los estímulos del ambiente en el que vivimos. Sinceráte con tus necesidades y buscá ayuda profesional si hace falta. La gratitud y la compasión son dos de los mejores regalos que podemos hacernos cuando estamos en el proceso de recuperarnos de una infancia pobre en afecto y conexión emocional. Date una segunda infancia y transformáte vos mismo en ese padre que no tuviste. Enamoráte de tus fortalezas y reconocé que es precisamente tu vulnerabilidad lo que te hace fuerte. Rodeáte de personas en las que puedas confiar. Cuando nos abrimos a nuestra red soporte, activamos una sanación que ni siquiera imaginábamos posible. Poné límites y usálos para proyectarte hacia un futuro empoderado. Las cadenas de la infancia no tienen por qué ser una prisión. Saná y encontrá esa libertad que estás buscando.”

Esta nota es una traducción de la nota titulada Signs that you were emotionally neglected or abused as a child, firmada por E.B. Johnson y publicada en Medium.

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