Dignidad

Es esa cuenta que llevamos con nosotros mismos. Que no siempre da positivo, porque incluye todas las veces en que nos auto-decepcionamos, pero que aceptamos. Es el respeto por lo que somos, la humildad agujereada que apoyamos sobre la almohada cada noche, ese diálogo interno que repasa lo que hicimos cada día y del que depende que descansemos, o nos la pasemos en vela.
Ser digno es eso que algunos llaman “tener carácter”. La línea que no cruzamos, el límite que no admite negociaciones. Acá no hay manejos ni engaños, y tampoco vale la sonrisa complaciente que a veces le concedemos a otros. Ser digno puede sonar despiadado, tajante, categórico, sobre todo con uno mismo. Porque no tiene nada que ver con la aprobación de los otros y todo que ver con la aprobación de uno mismo.
“Mientras el amor propio contiene la idea de algo positivo que se tiene en alta estima, el respeto tiene más que ver con la aceptación. Una persona que se respeta a sí misma simplemente se gusta. No depende del éxito, porque el éxito contiene fracasos, ni es lo que resulta de compararse con otros porque siempre habrá alguien mejor. Mientras existen muchas técnicas para aumentar el amor propio, la dignidad es algo que viene con nosotros desde la cuna. O nos gustamos o no. Por dignidad entendemos la cualidad de valorar lo que somos, independientemente de lo que podamos o no podamos lograr”, escribe Ellen Langer en Psychology Today.
El ejemplo más hermoso de dignidad en el arte es el personaje de Cyrano de Bergerac, el protagonista de la obra de Rostand, escrita a finales del siglo XIX, que se llevó al cine protagonizada por Gérard Depardieu.
Cyrano es un mosquetero feo de nariz enorme y poderoso don de la palabra. Está enamorado de Roxana, pero no se anima a confesárselo porque teme ser rechazado. Roxana a su vez está enamorada de Christian, un joven diestro y hermoso, pero bobo. Christian quiere conquistar a Roxana, pero no sabe nada de las artes de la seducción y entonces le pide a Cyrano que le escriba las cartas que le manda a su amada. Cyrano accede porque ve en eso la oportunidad de expresarle su amor, aunque indirectamente. Christian muere en batalla, Roxana se encierra en un convento y Cyrano va a visitarla todos lo sábados durante quince años, pero ella ni siquiera lo mira, ensimismada en su duelo. Él nunca le confiesa que es el autor de las cartas. Pero en la última visita que le hace, mientras en la puerta del convento lo esperan los enemigos que le habían tendido una emboscada, Cyrano le pide a Roxana que cumpla la promesa de dejarle leer la última carta que Christian le había escrito y que ella conserva en un relicario. Ella accede y Cyrano lee el texto. Es de noche, Roxana se da cuenta de que ya no hay luz para leer y, sin embargo, Cyrano sigue recitando. Cuando se acerca, ve a Cyrano con el papel en la mano y los ojos cerrados. Entonces descubre que esas palabras eran las palabras del hombre que estaba enfrente de ella, y que era a él a quien de verdad amaba. La obra termina con Cyrano abatido por sus enemigos, Roxana a su lado y un emocionante discurso final donde el mosquetero reconoce que podrán quitarle todo, hasta la vida, pero algo se llevará para siempre con él: su dignidad.

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