El desconsuelo

Y después.

Un estudio médico publicado en 2002 que se titula Communicating bad news y es el resultado de una investigación realizada en University of Washington School of Medicine explica que recibir una mala noticia “provoca un déficit cognitivo, conductual o emocional que persiste durante algún tiempo. Las personas reportan reacciones variadas: shock (54%), susto (46%), aceptación (40%), tristeza (24%) e indiferencia (15%)”, dice el estudio.
En general, quienes reciben una mala noticia (que somos todos en algún momento) hablan de un congelamiento del tiempo, de la ralentización de la experiencia, como si se hubiera perdido algo del orden de lo lógico y hubiera que empezar a reconstruirlo por lo pequeño, por lo que tenemos más a mano, artesanalmente.
El evento será traumático al punto de marcar para siempre ese día en la memoria, pero no solamente como la fecha en el calendario sino a través de detalles concretos de la escena: dónde estábamos, qué teníamos puesto, el anillo en la mano de la persona que nos dio la noticia, si el cielo estaba azul, si llovía. Y después se pondrá borroso, y surgirán dos sensaciones características: la incredulidad (no puede ser, no me lo esperaba, es mentira) y la onda expansiva (miedo por lo que quedó en pie, por nuestro entorno, por lo que todavía puede salvarse).
Se necesita tiempo. Tanto recibir como comunicar una mala noticia exige hacerlo materialmente despacio y darle un lugar al silencio entre las palabras, para honrar el agujero que acaba de abrirse y acompañar ese extrañamiento de uno mismo que se siente cuando algo cambia de golpe. De vez en cuando la vida / nos gasta una broma / y nos despertamos sin saber que pasa / chupando un palo sentados / sobre una calabaza, canta Serrat.

Hiroshima
TheG conversó del tema con María Andrea Yannuzzi, psicóloga, PhD en la Universidad de Pittsburgh y terapeuta de negocios.

¿Qué pasa en la mente y en el cuerpo cuando recibimos una mala noticia?
Dar y recibir malas noticias significa que nos vamos a enfrentar con algo que no elegimos ni esperamos, que tal vez temimos o imaginamos, algo que nos excede, aquello que esperamos que no suceda -al menos no ahora- pero que igual pasa y nos atraviesa. Esas noticias adversas desatan reacciones desconocidas e impensadas y, a menos que ya hayamos pasado por una experiencia similar, destrozan el tiempo lineal: lo lógico se altera ante la perplejidad de la mente que no alcanza a simbolizar y el espectro fantasma se materializa, y esto vale tanto para pérdidas y crisis personales como para catástrofes y pandemias. Un acontecimiento deviene traumático -sorpresivo, amenazante, violento, potencialmente letal- porque su carga excede súbitamente la malla de soporte “habitual” de nuestro psiquismo.

¿Existe una mejor manera de comunicar una mala noticia, para apaciguar sus efectos?
La preparación de las expectativas, la narrativa y calidez de la comunicación, la creación de las mejores condiciones posibles para contener las consecuencias del mensaje pueden alivianar el impacto y sus consecuencias. Si el mensajero es empático y tranquilizador, y su lenguaje no verbal es coherente y genuino, suma. “Acompañar en sentimiento” es una manera de sostener a la persona ante el abismo que se abrió en ese momento. A veces (esto es particularmente así cuando el destinatario es un niño o una persona mayor) hay que comunicar la noticia poco a poco, expandiendo tiempos y silencios pero sin generar innecesarias ansiedades. Si se puede, siempre es preferible lo presencial a lo telefónico o escrito, con mensajes claros, concisos y comprensibles, así como la predisposición a brindar feedbacks y todo aquello que esté a nuestro alcance para apaciguar el dolor con humanidad.

¿Cuánto demoramos en tomar real conciencia?
Normalmente, en cuestión de días o semanas resolvemos las malas noticias estresoras y recuperamos el equilibrio, la aceptación y la eutonía conscientes. Si la carga disruptiva es muy alta y puntual hablamos de distrés y trastorno del estrés agudo (TEA), que dura de 3 días a un mes. Si los síntomas duran más y devienen crónicos, es altamente probable que estemos ante un caso de trastorno de estrés post traumático (TEPT). Es recomendable respetar el flujo personal de las etapas y procesos que atraviesa cada quien y ofrecer caminos psicoterapéuticos.

En el impacto que nos causa, ¿incide nuestro estado anímico previo? La pregunta sería: ¿hay un mejor momento para recibir una mala noticia?
Las capacidades de cada quien son diferentes. El estado general de salud psicofísica preexistente y las circunstancias personales en el momento de mayor impacto determinarán las respuestas de cada uno, así como los recursos asistenciales a los que tengamos acceso y la disponibilidad solidaria grupal, familiar y comunal para sobreponernos.

¿Cómo podemos ayudarnos en ese momento? ¿Cómo podemos ayudar a otros en ese momento?
No es verdad que sólo podemos acompañar a otro en la medida que pasamos por la misma experiencia. Sería muy triste y muy limitante esta idea, como un culto a la autorreferencia que es lo contrario a la capacidad de “reflejar” lo que le pasa a la otra persona. En esta diferencia entre lo que nos pasa y lo que le pasa a otro radica la capacidad de convivir en la diversidad. Pero: ¿cómo comunicar o acompañar una verdad que sentimos que no podríamos tolerar? ¿Cómo contener a otra persona si estamos vulnerables? El desafío es no identificarnos con el dolor ajeno: empatizar no es dejarnos arrasar por el dolor del otro o confundirnos en él (porque esto no ayudaría a nadie), y mucho menos convertirnos en una carga para el otro por nuestra propia angustia. Es decir, ni perdernos ni quemarnos en el sentimiento ajeno, ni quedarnos lejos o congelados para desentendernos de su experiencia. Podemos ayudar siendo parte de un proceso de acompañamiento en el tiempo.

¿Qué es más impactante: recibir una noticia que tiene que ver con nosotros directamente (salud, por ejemplo) o con otros (muerte de un familiar, un referente social, etc)?
El trauma es una perforación que hiere, rompe y desgarra el tejido psíquico de la persona sobre sí y/o por estar en presencia directa del suceso ocurrido a otros o a un ser querido. Qué le afecta más a cada quien depende de su umbral de dolor, de su nivel de tolerancia a la frustración y de su situación de dependencia/independencia en salud afectiva, económica, laboral, etc., en relación a las secuelas concomitantes por la adversidad padecida.

Después
No hay que intentar arreglarlo, rápido, tapar el agujero a como dé lugar. Mala idea. Lo más aconsejable es dejar entrar el infortunio, que te rompa el corazón un ratito. Aunque muchos sugieren que un guiso de lentejas o un ramo de flores pueden ayudar a la persona que sufre (cualquier manera de facilitarle la vida o de hacerle llegar amor), esto no quita que más tarde o más temprano habrá que lidiar con el desamparo, y eso es incómodo para el que lo sufre y para el que acompaña. Porque la verdad que es no podemos hacer nada para borrar lo que pasó.
“Desfallecimiento y desconsuelo requieren de contención, acompañamiento, escucha activa y empatía a fin de desensibilizar la herida para curarla, movilizar nuevamente la energía vital atascada y crear un puente entre los mecanismos de supervivencia y los de construcción resiliente, del deseo amoroso de seguir viviendo”, dice Yannuzzi. “Recibir una mala noticia es una experiencia brutalmente somática, el sistema se daña. Curarlo implica abrazar el cuerpo y el sentir conteniendo esas vivencias de indefensión que nos resultan imposibles de alojar. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos y evitar racionalizaciones q nos retraumaticen.”

La escritora norteamericana Joan Didion cuenta en Noches azules el día del casamiento de su única hija (que muere poco tiempo después del evento) y dice: “Les deseamos (a los novios) felicidad, y salud, y amor, y suerte y bebés hermosos. En ese día de la boda no había ningún motivo para pensar que no les iban a tocar todas esas bendiciones comunes y corrientes. Nota mental: en aquel momento, todavía considerábamos que la felicidad y la salud y el amor y la suerte y los bebés hermosos eran cosas comunes y corrientes.”

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