Ellos

¿Aprenden a amar?

Estados Unidos, 1960s. Don Draper, el protagonista de Mad Men, es un publicista neoyorquino que lo tiene todo: éxito, hijos, esposas, levante. El personaje que encarna Jon Hamm es la síntesis de la masculinidad de la época, ese tipo de tipo guapo y recio, empujador, insaciable, un señor en el trabajo y un niño en la casa, infiel, padre errático, vicioso. Draper es hijo de una prostituta y de un padre alcohólico, que muere por una patada de caballo, en su cara. Lo cría una madrastra odiosa, que venga en su mal trato al niño todas las infidelidades de su padre. Don Draper crece. Va a la Guerra de Korea, cambia de identidad para dejar atrás el pasado, vuelve, triunfa en New York, se casa dos veces, tiene hijos, mujeres, mujeres, mujeres…
¿Por qué importa tanto que Don Draper sea un seductor? ¿Qué viene a decirnos un personaje así, hoy, cuando se habla tanto de la feminización del hombre?
“Es un modelo a seguir de una masculinidad en extinción. Porque hace lo que los demás no se atreven, porque se debe únicamente a su esfuerzo y porque es siempre leal a sus principios, aunque éstos no incluyan ser leal a su esposa. Y todo lo hace tomando whisky al ritmo de los que saben hacerlo sin terminar con una resaca”, escribe Andrea Pérez Millas en una nota que se titula Por qué los hombres quieren ser como Mad Men y que publica La Tercera.
En 1985, Robin Norwood publicó un libro que se titula Las mujeres que aman demasiado, donde alerta a las mujeres sobre los peligros de perderse a una misma en el amor. Dos años después, Steven Carter y Julia Sokol publican uno que se titula Los hombres que no pueden amar, donde alertan a las mujeres (¡otra vez!) sobre los riesgos de enamorarse de un hombre que le tiene miedo al compromiso.
Que el reduccionismo no tape la complejidad del tema. Que los rótulos no encasillen a las personas. Que entendamos que al otro también le pasan cosas. Que el amor no sea un campo de batalla. Que el poder no se cargue el deseo.

¿Cómo aman los hombres?
“Los hombres no aman. A veces aprenden a amar a la mujer que los ama, pero para eso necesitan tiempo. Es como dice la canción de Serrat: Si alguna vez, después de amar amé, fue por tu amor. El hombre siempre ama con un amor prestado. Amor y masculinidad son incompatibles, aunque no nos guste esta idea”, escribe el psicoanalista Luciano Lutereau en El fin de la masculinidad, que publicó Planeta.
El personaje de Don Draper lo dice con todas las letras en un episodio de la serie: “Ah, vos te referís al amor. Te referís a ese rayo que te atraviesa el corazón, y que te saca el hambre, y que no te deja trabajar, y que hace que salgas corriendo a casarte y a tener bebés. No, el motivo por el que no sentiste algo así es porque no existe. Lo que vos llamás amor es un invento de tipos como yo que sólo quieren venderte calcomanías. Uno nace solo y muere solo y esta vida lo único que hace es taparte de imperativos para que te olvides de esas dos verdades. Pero yo no me olvido. Yo vivo como si no hubiera un mañana, porque de hecho no lo hay.”
“El varón es esclavo de su masculinidad. Esta le pide demostrar su potencia, pero este yo puedo es muy diferente del yo quiero. En efecto, muchas veces ocurre que un varón no puede dejar de hacer cosas, de conseguir logros que, después, advierte que no le interesan. Es el argumento de mil películas, que muestran cómo el varón está perdido en esa compulsión del hacer, así se olvida del amor y, no queriendo perder (autoestima), pierde lo más importante: a quien se cansa de esperarlo. Es el conflicto típicamente masculino entre narcisismo y deseo. Si un varón no se cura de su masculinidad tampoco se cura de su neurosis”, dice Lutereau.

Un book (de hombres)
El libro de Luciano Lutereau es un éxito en ventas. Escribe sobre los solterones, sobre los seductores, sobre los histéricos, los infantiles, los enamorados, los infieles, los viriles, los impotentes, sobre Don Juan, sobre el Príncipe Azul, sobre el hombre-padre, sobre el varón pornógrafo, etc, etc, etc. El catálogo asusta, pero el saber redime. Porque lo que de primera parece un muestrario abrumador no es otra cosa que variaciones sobre lo difícil que les resulta amar a algunos hombres.
“El varón del siglo XXI no es una figura homogénea. Hay diversas masculinidades hoy en día, situadas en relación a un modelo hegemónico de virilidad, que también tiene distintos matices, pero que podría unificar en torno a la demostración de la potencia”, dijo Lutereau en una entrevista para Télam.
¿Y por qué les resulta tan difícil?
“El varón es un ser de deseo, hasta que se enamora. Qué mal que la pasa el varón enamorado, su masculinidad no lo prepara para eso: sí para demostrar su potencia, correr riesgos, ponerse a prueba; pero el amor lo deja desvalido: cuando ama, su conflicto fundamental, la posibilidad de no poder, se convierte en el sentimiento más penoso: no ser amado. De impotente a no amado es la regresión infantil que vive el varón cuando se enamora”, escribe Lutereau en su libro. “El amor es la oportunidad para que un varón deconstruya su masculinidad, advierta su carácter artificial e impostado, su torpeza intrínseca. Y así poder amar, por primera vez, sin demostraciones inútiles.”

A veces funciona
En inglés se dice “a perfect match” a la pareja que calza perfecto, a la que no le cambiarías nada aunque pudieras. Sobre esta idea se estructuran las aplicaciones de citas: la ilusión de que hay alguien allá afuera que es mi media naranja y con quien yo sí funcionaría. La verdad es que siempre hay alguien ahí afuera y que las cualidades objetivas de las personas no determinan que una pareja funcione o no, como comprueban esas relaciones por las que nadie da un peso pero que duran. O la seguidilla de mujeres de Don Draper, que no logran retenerlo aunque (lo) quieren.
Es medio misterioso lo que pasa en el amor. Por suerte, porque de este modo paramos la máquina de adjudicar responsabilidades. O de competir por quién ama más o mejor.
Hombres y mujeres amamos distinto. Por eso nos conmueve tanto cuando encontramos un hombre de esos que aman y no se quedan cortos con las palabras, como el personaje de Andy García en la película Cuando un hombre ama a una mujer, cuando dice: “Mi mujer es una alcohólica, la mejor persona que he conocido. Tiene seiscientas clases distintas de sonrisas, todas te iluminan la vida. Pueden hacerte reír a carcajadas. Así, sin más. Pueden hacerte incluso llorar. Así, sin más. Y eso sólo con las sonrisas”.

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