El trauma COVID

Ayudemos a los niños.

Nota publicada por Goldie Hawn* en el Diario UsaToday esta semana.

Cuando tenía 11 años, mi mundo se vino abajo. Era un día normal en la escuela. Hacia el mediodía, la maestra dijo que veríamos una película. Me hizo ilusión: ¿a quién no le gustaba ver películas en el cole?

El aula se oscureció, se encendió el proyector y los números en la pantalla empezaron la conocida cuenta regresiva: 9, 8, 7, 6…

Lo que vino después fue una explosión impensada. Me acuerdo que el sonido me hizo retumbar en el asiento. 

Con la mirada clavada en la pantalla, apenas si puedo ahora recordar algunos de los horrores que teníamos delante de los ojos: sirenas ensordecedoras, ciudades enteras reducidas a escombros, sangre por todos lados y paneos de la cámara por campos de destrucción infinita. 

Lo que estábamos viendo era un filme educacional sobre los peligros de una guerra nuclear, que para entonces -1956, plena Guerra Fría- era una amenaza seria. Aunque no era un espectáculo habitual para una nena de 5to grado. Yo jamás había visto algo tan horrible, algo que encima parecía tan real. Hacia el final, una voz grave nos advertía: “Esto es lo que va a pasar cuando ataque el enemigo.”

Cuando encendieron las luces, ya era la hora del almuerzo. Por aquellos días se nos permitía volver a casa a almorzar, así que salí corriendo todo lo rápido que me daban las piernas. Llamé a mamá al trabajo; todavía estaba temblando cuando le dije: “Mamá, ¡vení rápido! ¡Vamos a morirnos todos!”

Terror existencial y trauma

Todos sabemos cuán mágica puede ser la imaginación de un niño, esas voces maravillosas que crean en su mente. Pero el reverso de esta capacidad hermosa de transformar una caja de cartón en una nave espacial puede ser no tan hermoso. Como que no tiene la capacidad de procesarlo, exponer la mente de un niño a un miedo real puede dejarlo en lugares verdaderamente oscuros. 

Generaciones enteras de niños enfrentaron el horror en distintas formas: los que vieron el desastre del transbordador Challenger en 1980; los que estaban viendo televisión cuando los aviones impactaron en las Torres Gemelas el 11 de septiembre, y los de ahora, los de la era Covid, que viven bajo la amenaza de una plaga que mató a millones y los aisló de sus familias, de sus amigos y de las redes de apoyo que todos necesitamos para hacernos de ánimo y de amor. 

Yo tuve suerte. En los 50, tenía una madre que podía salir de la oficina, volver a casa y explicarme que los rusos no iban a bombardearnos porque nadie quería la destrucción masiva del universo. (Y después agarró el teléfono y habló con la directora de mi escuela para decirle que no había ninguna necesidad de aterrorizar a los chicos así.)

Racionalmente, entendí su explicación. Pero el miedo no se fue así nomás. Había entrado en mi cabeza y había hecho nido. Durante años después de aquel evento, cada vez que escuchaba la sirena de la policía o del camión de bomberos, me quedaba paralizada -al menos durante un segundo- y me daban ganas de hacerme un ovillo hasta que pasara, rápido. 

Hasta cuando iba a la secundaria, me pasaba que escuchaba una sirena y pensaba en faltar a clase. Fue un trauma específico que me afectó a mí, pero también a muchos otros niños norteamericanos a los que se les enseñó a temer la amenaza de un holocausto nuclear. 

Herramientas para lidiar con el trauma

Muchos años después, pude reconocer la semilla de un futuro trauma colectivo cuando vi los aviones estrellarse contra las torres en una hermosa mañana de septiembre. 

Para entonces, yo ya era otra persona. Materialmente hablando, tenía todo lo que jamás podría haber soñado, incluyendo una carrera exitosa y una hermosa familia. También tenía paz interior, porque me analicé durante años.

Ahora sabía bastante más cómo funciona el cerebro, y cómo hacer para que juegue a nuestro favor y no en contra. Y sin embargo, en aquel minuto, volví a sentirme una niña paralizada por el terror. Busqué aquello que siempre me calma: mis agujas de tejer. Y empecé a tejer, y empecé a pensar. 

Pensé en el trauma que esto iba a ocasionar a los norteamericanos, y especialmente a los más jóvenes. Sabía en carne propia cómo se sentía. Si pudiera proteger a un niño, o a un par de niños, pensé, o a una docena de niños, o a cien, eso es lo que tengo que hacer, pensé. Aquel fatal 11 de septiembre yo empecé a darle forma a un sueño. No quería que más niños tuvieran que esperar a hacerse grandes para entender cómo funciona el cerebro, como había sido mi caso. 

Y así empezaron dos décadas de investigar en las profundidades de la mente para desarrollar herramientas que sirvieran a los niños para lidiar con su lado más oscuro -ese lado oscuro que se revela cuando las adolescentes padecen trastornos alimentarios, por ejemplo, o cuando son hostigados u hostigan a otros, o simplemente cuando se exigen demasiado. 

Me junté con educadores y científicos para elaborar una curricula que ayude a los niños en edad escolar a entender la complejidad de las reacciones químicas que disparan estrés y ansiedad, pero también felicidad, y aprender a calibrarlas. 

Trabajamos codo a codo con las mejores instituciones académicas para desarrollar un programa de estudios aplicable a más de 7 millones de niños en 18 países. 

Creamos conceptos como “recreos para la mente”, para incentivar a los niños a entrar en contacto con lo que pasa en sus cabezas -lo bueno y lo malo- y amigarse con ellas. Y, si algún día no se entienden, y la cabeza les juega en contra, a lidiar con eso también.

COVID deja a los niños temerosos, inseguros

Atravesamos un trauma global de magnitudes históricas. La era COVID alteró la vida de nuestros hijos de manera real, tangible: distanciamiento social, escuelas cerradas, máscaras obligadas…

Los niños les temen a las personas, a los espacios, hasta al aire que respiran. Y este nivel de miedo no lo vivíamos hace décadas. A principios del 2021, la tasa de consultas por potenciales suicidios había aumentado 51% para las adolescentes niñas y 4% para los varones, comparado con el mismo período de 2019. Todos concuerdan en que la salud mental de nuestros niños está en estado de emergencia. 

Como nación, hemos defraudado a nuestros niños. Los pocos fondos que se destinan a la salud mental de la juventud invariablemente terminan subvencionando problemas de adicción, o aquellos trastornos más severos. No estamos invirtiendo como deberíamos en cuidados preventivos, en las tempranas intervenciones que podrían normalizar la lucha mental que todos padecemos, en cierto punto. Existen herramientas para la salud mental, igual que existen dietas y rutinas de ejercicios. Pero no las divulgamos como deberíamos. 

Ayudar a los niños a entender qué pasa en sus cabezas cuando miran TikTok o escuchan malas noticias les dará la confianza que necesitan para poner las cosas en perspectiva, en vez de sucumbir a las emociones y terminar en un estado de impotencia que es el camino a la depresión o incluso a la auto-destrucción, algo que vemos aumentar día a día entre los más jóvenes. 

Vivimos en la Edad de Oro de las Neurociencias. Por primera vez en la historia de la humanidad estamos pudiendo acceder a los secretos de la mente, y podemos aplicar estos aprendizajes a ayudar a quienes más lo necesitan: nuestros niños. 

No esperemos a que sea demasiado tarde. Cuando me tocó ver aquellas imágenes del holocausto nuclear, yo no necesitaba que me lleven al hospital. Necesitaba que alguien se sentara a hablar conmigo, necesitaba que alguien que me ayudara a estabilizar las emociones que me habían paralizado. 

Ahora sabemos cuáles son los sentimientos de los niños, y sabemos que si no los abordamos pueden agudizarse hasta que terminan irrumpiendo de forma violenta. 

Vamos a sobrevivir a la pandemia de COVID-19. De lo que no estoy tan segura es de que vayamos a sobrevivir a una generación dañada, que cojean como puede hacia la adultez. Necesitamos investigar más, prevenir más, accionar más. Todavía hay tiempo. 

(*) Goldie Hawn es una actriz premiada, productora, directora, escritora y defensora de los derechos de los niños. También es CEO de MindUP for Life, una entidad benéfica que tiene la misión de educar a los niños en las habilidades sociales y emocionales que necesitan para llevar vidas más saludables, más felices y más productivas.


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