Pedir perdón a los hijos

Por Florencia Basaldúa, especialista en apego, parentalidad y desarrollo infantil.

“Me pregunta si está bien pedirle perdón a los hijos. Y me descoloca. ¿Qué quiere decir bien? Trato de sacudirme el polvo de mis zapatos de especialista en crianza y re-pensar la pregunta desde otro lugar, desde el lugar más personal posible. Resisto la tentación de empezar a armar conjeturas sobre su estilo de crianza, y dejo que su pregunta me empape, en todas las capas. Bajo al fondo de mí, ahí donde deberían estar mis ideas, mis impresiones, y me doy cuenta de que no tengo nada producido sobre el tema del perdón a los hijos. Sin embargo, he hablado de este tema mil veces, y estoy segura de que está bien pedirle perdón a los hijos. Pero ella me lo pregunta más existencialmente, y yo lo sé, así que busco una respuesta existencial, esa bien mía, algo que en verdad pueda yo ofrecerle para construir juntas un algo sobre el tema.
Exploro mis experiencias de perdón buscando el significado, y entonces se me aparecen varias escenas en las que pedí perdón a mis hijos, cuando eran chicos, en esa edad que tienen cuando la crianza exige al cuerpo a morir, y dormimos poco y hacemos mucho. Una tarde de pileta y amigos, un hijo mío hace sentir mal a su amigo y a mí se me vuela la chapa de vergüenza y bronca (lo pienso ahora y me siento otra, ¿con qué anteojos miré ese día?). Perdón por haberte hablado así, estaba enojada y te traté mal, ¿me perdonás? Una noche de desánimo matrimonial y poca tela para cualquier otra amargura, y mi hija enojada por algo que, aunque irrelevante para mí, es vital desde su concepción del mundo. Perdón, chiquita, por ese grito que te asustó, me salió del fondo del alma, los papás y las mamás a veces hacemos cosas que no están buenas. Y después evoco escenas más recientes, algunas instantáneas de antes de ayer con hija adolescente que me dice que no, que no me perdona, y yo me desconcierto y busco en mi biblioteca algún autor, libro o algo que me diga qué se hace con esto de la adolescencia y la sensación oscura de haber perdido la inocencia en ese vínculo. Y todas esas escenas tienen en común mi convicción de que pedir perdón es un acto potente, de lo más hondo que puede suceder entre dos personas.
Y me conecto con ese perdón que añoro todavía que alguien a quien amo me pida. Cuánta falta me hace. Cómo quisiera escucharlo. Ya lo perdoné, hace mucho, pero igual sé que esa palabra, dicha con sentido, sería un regalo y un bálsamo que terminaría de suavizar aquella herida. Sería como un acto tan grande de justicia, de esos que equilibran la balanza global de la vida de uno.
Es que sólo puede lastimarnos mucho aquel que tiene nuestro corazón. Y en general somos inmunes a quienes no tienen nuestra confianza. No es tan fácil que nos lastime una persona en cuyo espejo no nos miramos. Pero hay otros vínculos, esos en los que estamos desnudos. Esos en los que sí hemos depositado, en mayor o menor medida, nuestra seguridad emocional. Son los vínculos que nos hacen quienes somos, donde nuestra entrega es directamente proporcional a nuestra vulnerabilidad.
¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos reparar las inevitables violencias nuestras de cada día hacia aquellos que nos entregan su corazón? Sin el perdón, nos quedamos varados en el limbo de las naves quemadas, de los puentes rotos, en la otra orilla, con un río de silencio en el medio, sin palabra, sin sonrisa, sin lágrimas de alivio. Cuando quien nos ha ofendido es esa persona en quien más confiamos, la situación requiere del perdón. Para que no se empiece a derrumbar un vínculo, no hay otra forma que sostenerlo con palabras y actos de perdón.
La especialista en crianza que vive en mí no se aguanta y agrega que, para sostener la asimetría necesaria entre padres e hijos, se requiere de un padre o una madre lo suficientemente responsables como para restituir la paz imprescindible. Nada nos otorga mayor autoridad que reparar lastimaduras. Nada nos hace más merecedores de confianza que ser los primeros en pedir humildemente disculpas, sin especular.
Me acerco a mi adolescente, a la que a veces no me perdona. La veo medio de lejos, creo que la entiendo. Anoche me dijo muy segura que no quería que le dijera más hasta mañana. La adolescencia. Tiene esas cosas. Le sonrío. Le digo que la quiero. Y que está bien. Cierro su puerta despacio, deseando que tenga claro que no me voy. Me aboco a lo mío, sin dejarme vencer por la tentación de tomármelo personal. Y de pronto se asoma. Toda ella. Con los ojos almendrados me mira sostenido por primera vez en algunos días. Y me dice: Perdón, mamá.

@criarparalapaz

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