Suficiente

Cuándo es basta.

Diógenes fue un filósofo griego que vivió en el siglo V a.C. Alejandro Magno, el conquistador más ambicioso de la historia. Cuenta la leyenda que, antes de partir a la conquista de Asia, Alejandro quiso conocer a Diógenes, cuya doctrina proponía despojarse de bienes materiales para alcanzar la sabiduría. Cuando Alejandro llegó a verlo, lo encontró adentro de una vasija de madera, casi desnudo y rodeado de una jauría de perros. Alarmado por las condiciones en las que vivía, Alejandro le preguntó si podía hacer algo por él. “Sí”, le respondió Diógenes, “movéte que me estás tapando la luz del sol”. Según la leyenda, el conquistador quedó maravillado, y le dijo: “De no haber sido Alejandro, me habría gustado ser Diógenes”. A lo que el filósofo le respondió: “Y a mí, de no haber sido Diógenes, me habría gustado ser Diógenes.”
La palabra codicia viene el latín cupiditas (de Cupido, dios del amor) y hace referencia al deseo o afán excesivo de riquezas. A menudo se la confunde con ambición, pero no son exactamente lo mismo. La codicia se relaciona con el miedo a no tener (o a no ser) suficiente. Es acumulativa, cortoplacista y tiene un tinte de competencia social. La ambición, en cambio, supone cierto esfuerzo personal, el compromiso de poner de uno para conseguir un objetivo.
“Hoy en día, tener cosas materiales no alcanza para volverte un modelo aspiracional. La riqueza tiene que compensarse con filantropía, con compromiso social. Lo aspiracional hoy es qué hacés con todas las posibilidades que tenés, qué devolvés”, dice Ximena Díaz Alarcón, Máster en Antropología Social y Política y cofundadora de Youniversal, una agencia regional especializada en investigación y tendencias de mercado.

La mirada antropológica
La entrevista que TheG le hizo a Ximena Díaz Alarcón empezó con la discriminación entre codicia, ambición y avaricia.
“Una cosa es la ambición, que parte de una motivación interna y puede tener un objetivo que va más allá de uno mismo y se integra con la comunidad (como la ambición de una mejor calidad de vida, o de un futuro mejor para el país, o de luchar por lo que es justo) y otra es la codicia, que tiene connotaciones más individualistas y de
acumulación. La avaricia es un paso posterior. Porque codiciar es acumular y la avaricia aparece como la voluntad de no compartir con nadie esas cosas que acumulaste. Siempre hay en el fondo una idea de falta, de que se acumula para compensar algún agujero. Porque si estás bien con lo que sos y con lo que hacés, ¿por qué vas a querer otra cosa?”

La codicia suena a valor (o disvalor) de otra época. ¿Cuál es la lectura contemporánea?
La codicia es un valor negativo a nivel cultural. Está muy asociado a la frase “greed is good” (la codicia es buena) que pronuncia el personaje de Gordon Gekko en la película Wall Street. Ese personaje es un ganador, pero tiene cero sentido de comunidad. La codicia hoy es un disvalor. La pregunta ahora es: ¿acumulamos o compartimos?, ¿deseamos todo para nosotros mismos o tratamos de generar algo mejor para todos? Creo que lo que tiene de interesante esta época es que lo de ganar a cualquier precio (lo individual por sobre lo comunitario) ya no es el modelo de aspiración porque riñe con los valores de la comunidad, de la ecología, de la sustentabilidad. La codicia es un valor en decadencia que no convoca a las nuevas generaciones y que no está alineado con la responsabilidad de las marcas.

¿La codicia se circunscribe a bienes materiales o también se puede aplicar a la acumulación de experiencias, títulos, relaciones, amigos, viajes…?
Se puede ser codicioso respecto de bienes materiales o simbólicos. Es la actitud lo que determina la codicia. Una cosa es ambicionar recorrer el mundo para explorarlo y después compartir tus aprendizajes con otros y evolucionar como persona, y otra cosa es la codicia y el ego o el narcisismo de querer mostrar que viajás por todo el mundo porque podés hacerlo. No es malo per se ser ambicioso en términos de querer más, siempre y cuando se vea como evolución, no solamente para acumular. Sería la diferencia entre acumular lo que te hace rico vs. lo que te enriquece.

¿Cuánto incide en nosotros la ostentación que vemos en redes sociales para provocarnos el deseo de querer más?
Se solía hablar de “la vida instagramera” para hacer referencia al mejor plato del otro, a las mejores vacaciones, etc, pero creo que eso cambió bastante, especialmente este año. Los individuos y las marcas que hoy llegan mejor a las audiencias son aquellos que se muestran más vulnerables, que muestran su lado B, lo que no les sale. El mensaje es más honesto: la cosa no pasa por la perfección sino por la autenticidad.

En la era de Marie Kondo, ¿cuánto influyen los mensajes de soltar y agradecer para neutralizar la codicia?
Entiendo el tatuaje de soltar, soltar… Y, sin embargo, algunos autores piensan que estas nuevas generaciones tienen el soltar como lema porque saben de antemano que no van a poder agarrar. Como es todo tan incierto y la pandemia terminó de volar todo por los aires, más vale que no estés muy agarrado a nada para no ilusionarte, ¿no? Algo así. Igual, para soltar primero tenés que haber agarrado: sólo podés soltar lo que tenés. Creo que lo de soltar no es un acto tan voluntario como a menudo se plantea. Soltar sucede, pero porque es parte de la evolución de cada uno, tiene que ver con crecer.

Las hormonas en danza
Aunque la antropología considera que los comportamientos humanos son esencialmente culturales, hay visiones biologicistas que explican la codicia y la ambición a través de la química hormonal del cerebro.
“Algunos experimentos de la neurociencia han mostrado que cuanto más codiciosa es una persona menos capacidad tiene la corteza prefrontal de su cerebro, que es la implicada en el razonamiento, de inhibir la gratificación. El cerebro del codicioso podría funcionar entonces de manera diferente al de las personas que no lo son. Otros estudios han sugerido que, como los codiciosos tienden además a apostar alto para maximizar sus ganancias, podrían padecer una perturbación mental que anula su capacidad para percibir el riesgo o para ver las necesidades de los demás. El investigador norteamericano Mark Goldstein y otros colegas han sugerido que la codicia, la impulsividad y la pérdida de visión de futuro que originaron la crisis financiera que tuvo lugar en los Estados Unidos entre 2007 y 2010, podrían haber sido causadas, al menos en parte, por los bajos niveles de colesterol cerebral de muchos trabajadores del mundo financiero norteamericano, consumidores habituales de estatinas, unos fármacos que disminuyen los niveles de colesterol en sangre. La razón es que el colesterol es necesario para regular la serotonina cerebral, una sustancia que estabiliza las funciones mentales”, escribe Ignacio Morgado Bernal en una nota titulada Así funciona el cerebro de un codicioso, que publica el diario El País.

I can get no satisfaction
La serotonina es un neurotransmisor complejo que regula el estado de ánimo pero también otras funciones del cuerpo, como la temperatura y el hambre. Además, inhibe la producción de dopamina, el otro neurotransmisor que se asocia con la felicidad porque se libera en situaciones de placer. La serotonina regula la reacción del cuerpo a la gratificación inmediata y neutraliza las conductas compulsivas: es la hormona de la satisfacción.
“Los estudios revelan que los atletas tienen niveles de serotonina más altos y que el ejercicio estimula su producción, como también lo hace tomar un poco de sol o darse un buen masaje. Otra manera de subir la serotonina es pensar en aquellas cosas, experiencias o personas que nos hacen sentir amados o importantes: el cerebro producirá serotonina ya sea que se trate de un recuerdo o de una fantasía proyectada”, dice la nota The neurochemicals of happiness que publica la revista Happiness.
“Hacer foco en el lado positivo de la vida -aún cuando no resuelve los problemas- puede ayudar a hacernos sentir bien, y a salir del rollo mental. Podemos estimularlo con afirmaciones positivas, conectando con la gratitud o hasta mirando fotos de una noche que la pasamos increíble.”

Para el budismo, el término ekaggata (unificación) hace referencia al estado de concentración. Es la capacidad de conectar con un objeto o una actividad de manera tan exclusiva que la mente se calma.
“La estabilidad implícita en ekaggata transforma la energía del deseo, que tiende a querer más y más. El deseo nunca está satisfecho y la mente deseante es una mente inquieta. No importa cuántos bienes posea una persona, cuando aparece la codicia ya no está en paz. Buda decía que ni los Himalayas en oro alcanzarían para satisfacer a un codicioso”, dice el libro Focused and Fearless, de Shaila Catherine.

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